09 febrero 2010

Paranoicos que aciertan

Publica hoy Escolar una curiosa entrada en la que es capaz de argumentar por el blanco y el negro a la vez sin despeinarse. A mí me ha dejado francamente impresionado. Dice el buen hombre (la negrita, claro, es mía):

Mientras tanto, en el otro extremo de la galaxia, José Blanco contaba la feria de otra manera, según una conspiración universal donde sólo faltan los templarios. “Nada de lo que está ocurriendo en el mundo, incluidos los editoriales de periódicos extranjeros, es casual o inocente”, dice el vicepresidente cuarto (o primero) del Gobierno, que argumenta que los problemas del bono español responden a un ataque de “los especuladores”, que “no quieren que se regulen los mercados”. Blanco no aclara qué parte del programa de Zapatero para refundar el capitalismo (sarcasmo) es la que ha enfadado al club Bilderberg o a los reptilianos. Pero tiene razón en una cosa: hay un ataque especulativo contra nuestra deuda.

O sea, que se burla de Blanco porque dice que sufrimos un ataque especulativo... para acabar diciendo que tal ataque existe. Chapeau. Una argumentación impecable. Oscar Wilde lloraría de alegría:

Consistency is the last refuge of the unimaginative.

08 febrero 2010

Lo que Shackleton se olvidó

La Antártida, el continente más inhóspito del planeta. Temperaturas bajo cero, una capa de kilómetros de hielo bajo los pies y un sol que no calienta pero abrasa nos permite ver que hasta donde alcanza nuestra vista no hay absolutamente nada. Sólo el blanco y el azul más puros. Un grupo de intrépidos neozelandeses se enfrenta a tan extremas condiciones para rescatar a un escocés que ha quedado atrapado en una cabaña cubierta por el hielo.

El escocés lleva sepultado más de 100 años, pero cuando lo descubrieron en 2006 parecía en buen estado. Ahora por fin la meteorología permite intentar el rescate. El escocés pertenece a la estirpe Mackinley y lleva por mote Rare Old. En la etiqueta lo pone bien claro: "Mackinley's Rare Old blended Scotch whisky". Tres cajas, nada menos.

18 enero 2010

El karma

El otro día, hablando con unos amigos, alguien comentó una desgracia que le había ocurrido a un conocido común. Un segundo apostilló: "Eso es el karma". Como un tercero preguntara qué cosa era eso del karma (¿pero es que esta gente ni siquiera a visto My name is Earl?), el segundo se apresuró a contestar "que cuando haces cosas malas te pasan cosas malas". A todo el mundo le debió parecer una buena definición, porque nadie dijo nada, así que me vi obligado a intervenir para explicar que también "si haces cosas buenas, te pasan cosas buenas".

Dejando a un lado el que haya reencarnación de por medio o no -en la visión occidental no suele haberla-, me di cuenta por primera vez (lento que es uno) de que el karma es una versión del sistema de castigo/recompensa similar a la cristiana infierno/cielo. En este caso, con el infierno en la tierra. También me percaté de que la gente sólo se queda con la parte coercitiva, con el no te portes mal porque serás castigado.

Creo que es una idea representativa de la sociedad en la que vivimos, o tal vez de cómo es el hombre: parecemos necesitar una razón, a ser posible una fuerza externa que nos juzgue y castigue, para no dar por saco al prójimo. Es decir, que muchos irían haciendo mal a los demás si no temieran que tuviera alguna repercusión negativa sobre ellos mismos. Lo importante son las consecuencias de mis actos, pero, eso sí, las consecuencias sobre mí. Incluso me atrevería a aventurar que el otro lado de la moneda es posible, actuar bien únicamente esperando ser recompensado de alguna manera.

Lejos queda el hacer las cosas bien simplemente porque sea lo correcto, porque es lo que dicta tu conciencia, porque eres de ética kantiana y quieres que de tus actos se desprendan máximas universales. Buscamos unos latigazos o una zanahoria que nos lleven por el buen camino. Y si ya no creemos en el cielo ni en el infierno, por qué no traerlos a la vida diaria gracias al karma.

02 enero 2010

Seguridad aeroportuaria

Pasando el control de seguridad del aeropuerto para la vuelta a París, una vez vaciados los bolsillos y pasado el arco detector sin que pitase (y eso que se me había olvidado quitarme el cinturón), me para el responsable poniéndome la mano delante, tocando el pecho, no obstruyendo el paso, y me dice "a ver qué llevas ahí", señalando mi tobillo. Es un vaquero normal y corriente, que como me está un poco largo hace algo de bolsa cerca del zapato. Y en vez de palpar, el hombre se pone a subirme el pantalón. Puesto que me lo estoy pisando (ya he dicho que me está largo), no lo logra y tira más fuerte. Con el propio forcejeo se da cuenta de que no oculto nada y me deja pasar.

A ver qué llevas ahí. No "disculpe, caballero, me permite comprobar...", ni "perdone, voy a tener que...". A ver qué llevas ahí. Tuteando. Sin una disculpa. Acusando directamente. A ver qué llevas ahí.

Tampoco es tan grave, diréis. Seguramente. Sólo es otra constatación de que el loco mundo de la seguridad aeroportuaria está hecho básicamente para dar por saco al viajero. Una estrategia, a mi juicio, suicida. Lejos quedan los días en que el viajero de avión podía deambular tranquilamente por el aeropuerto, era agasajado a bordo y tratado con una amabilidad rayando lo incómodo. Ahora te restringen lo que puedes subir, te quitan cosas del equipaje arbitrariamente, te tratan como un delicuente en potencia y te sientan más apretado que en un autobús escolar.

En algún momento, se darán cuenta de que la mejor manera de asegurarse la seguridad a bordo es, directamente, no permitir la entrada en la nave de equipaje alguno ni pasajeros. Por si acaso alguien de Al Qaeda se infiltrase en la tripulación, ésta será reemplazada completamente por máquinas. Así los aviones podrán ir de un sitio a otro sin poner en riesgo la vida de nadie y con una puntualidad inglesa. Como transporte ya usaremos los trenes.

18 diciembre 2009

Gestión de la tensión

Entre los cursos de "formación humana" impartidos en esta escuela hay unos cuantos relacionados con la gestión de las emociones y especialmente del estrés. Yo, en principio, como todas estas cosas, los veía con un poco de guasa. ¿De verdad son materias que se aprendan (que se enseñen) y además en diez horas? ¿Se puede aprender en un curso sobre las relaciones humanas, no en plan teórico, sino con orientación práctica?

Sin embargo, tras mi experiencia en la gestión de un proyecto, empiezo a ver el asunto con cierta simpatía. No porque yo carezca de habilidades sociales. Más bien porque me he dado cuenta de que hay gente que verdaderamente pierde los papeles en las situaciones difíciles.

Yo, con mi calma habitual, no me inquieto, pongamos por caso, por la inminente fecha de entrega de un proyecto. No quiero dar a entender que no me inmuto: sí que noto cierto vértigo en el estómago, cierta tensión a la hora de hacer las cosas con la pistola del tiempo apuntando al corazón. Pero es más una sensación que me espolea, la adrenalina que me lleva a rendir más. Y desde luego, no altera mi relación con los demás. En todo caso, utilizo el humor, como de costumbre, como vía para liberar tensión.

Por contra, hay gente, de naturaleza controladora, que se frustra; y que vuelca su frustración en rabia hacia los demás que puede llegar a manifestarse en cotas de violencia verbal bastante elevadas. También es una forma de liberar tensión, aunque ligeramente más contaminante. O eso pensaba. Lo que he experimentado es que estas dos posturas se retroalimentan positivamente. Es decir, al tenso, que cuando él está crispado haya alguien haciendo bromas le parece una falta de compromiso o de comprensión de la situación y se cabrea más; el otro, viendo un aumento de la tensión en el ambiente, cree adecuado rebajarlo con alguna chanza. Etcétera. Ad infinitum.

¿Cómo se sale de tan vicioso círculo? No sé, tal vez deberíamos apuntarnos a un cursillo de esos.

12 diciembre 2009

Malditos 80

El otro día, zapeando por la tele francesa fui a parar a una suerte de programa de testimonios en el que se preguntaban por qué seguimos escuchando a los músicos de los ochenta. Ejemplificaban la tragedia un par de señores cantando canciones dignas de un Dúo Dinámico francés ante un público asistente con cara de circunstancias.

Sin embargo, la pregunta verdaderamente inquietante es ¿por qué siguen vivos los músicos de los ochenta?

10 diciembre 2009

Difama, que algo queda

Durante esta tarde podíamos ver la siguiente portada de El País, dedicada a la "polémica" sobre la "ley antidescargas":

Qué raro, ¿no? Asegura que "la mayoría de las sentencias judiciales consideran delictivas las 'webs' de enlaces". Yo creía que era exactamente al revés. Que de hecho no había sentencias condenatorias. Así que extrañado decido seguir el enlace. Y llegamos al artículo en cuestión, que, efectivamente, dice lo contrario:


Sigue una larga lista de casos relacionados que, aun analizados un poco de aquella manera, se ven obligados a admitir que no han llevado a ninguna condena. Pero claro, por si acaso, ponemos en portada que las webs de enlaces son ilegales, para que se le grabe bien a quien pase por allí. Y si cuela, cuela.