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19 mayo 2011

Seamos poco prácticos

Una vez más nos vemos con la difícil papeleta de resumir cuatro años en un voto, de meter todos los matices, los apoyos y las disensiones en un sobre y desear que el mensaje llegue a su destinatario. Es tanto lo que quiero expresar y tan exiguo el espacio que me dan... Al echar el voto al correo desde mi naufragio parisino me he sentido más que nunca arrojando una botella al mar.

Afortunadamente, no vivo en una lógica binaria. Para expresar mis ideas no solo puedo elegir entre Guatemala y Guatepeor. Espero que en el futuro encontremos una forma de democracia en la que sea más fácil hacer oír nuestra voz. Por el momento, el domingo hay unas elecciones y yo he decidido acudir a las urnas sin miedo y sin taparme la nariz. O con una pinza pequeñita. Porque el motivo para participar en la democracia no puede ser el miedo ni el asco. Si queremos construir un mundo mejor, hay que hacerlo desde la alegría, la esperanza en un futuro más amable. Quizás la utopía sea inalcanzable, pero extendamos los brazos hacia ella. Que aunque sea sirva de rumbo.

Por eso, yo, que vengo de un pragmatismo científico, ahora me lanzo al voto inútil: votar en conciencia, no renunciar a nuestras ideas y sobre todo no aceptar la realidad como un ente inalterable. Nuestra sociedad se puede cambiar y el primer paso es recuperar la dignidad para decir que queremos hacerlo. No escucharé a todos aquellos que dicen hacer lo que hay que hacer, que las cosas son así y no pueden serlo de otro modo. Seré ingenuo, perseguiré sueños. Seré poco práctico.

14 marzo 2011

Principio de incertidumbre

Me he dado cuenta de que llevo un par de meses leyendo novelas que ya había leído, volviendo a los poemas que me han arañado, a los discos que han acompañado mi juventud pero que cada vez escuchaba menos. Tal vez se trata de encontrar puntos de referencia estables entre tanto cambio, en estos días lentos de mudanza vertiginosa en los que parece que se decide el futuro del resto de mi vida. La transición de la juventud hacia la adultez puede ser una continuación monótona o un punto de inflexión en función de un montón de variables a analizar. Cada decisión es rechazar una infinidad de posiblidades, y lo peor es que en la mayoría de los casos no sé ni cuáles son. Supongo que es lo habitual en la vida.

Al fin y al cabo, se trata de cuestiones tan clásicas como el quién soy y adónde voy. El problema es que Heisenberg nos explicó que cuanta mayor precisión busques en una de las medidas, menos obtienes en la otra. Puedo saber quién soy si me quedo quieto. Puedo adivinar mi rumbo dejando a un lado la ontología. Lo más lógico parecería atacarlas por orden cronológico: quién soy y quién quiero ser. Si tan solo fuera tan fácil saberlo...

Quizás sea hora de seguir el consejo gidiano: "Ne jamais profiter de l'élan acquis". No aprovechar el impulso, combatir la inercia, recomenzar en cada capítulo. En castizo: a tomar por culo todo.

22 noviembre 2010

Cuestión de género

A lo largo de los años hay algunas decisiones importantes que adoptar. Una de ellas es qué género de vida queremos llevar. Últimamente estaba tomándome la mía demasiado en serio y la cosa empezaba a parecerse peligrosamente a un drama. Afortunadamente, he recordado que la mejor fórmula para combatir la cruel indiferencia y el absurdo cósmicos es quitarle la s y tomárselo a risa. Si no soy cristiano no hace ninguna falta vivir en un valle de lágrimas.

Me gustaría pensar que es una comedia romántica en la que al final me caso con la chica, pero tampoco voy a hacerle ascos a unos toques de humor negro. Ni, si toca pasar humillaciones, renunciar al patetismo. O a alargar situaciones hasta provocar risitas incómodas. Al fin y al cabo, el humor es una de las formas más lúcidas de seguir cuerdo. La muerte es una calavera eternamente sonriente.

Y si resulta ser una tragicomedia, siempre queda el alivio cómico de Madrid.

19 agosto 2010

Tradiciones

Un argumento habitual a favor del mantenimiento de rituales absurdos y formas de vida arcaicas es decir que forman parte de la tradición. Por alguna razón, parece que eso debiera suspender nuestro juicio. Si es tradicional, no puede ser malo. No sólo eso: debemos seguir haciéndolo así, esforzarnos por conservarlo. Tal vez sea por haber crecido en Madrid, una ciudad con un apego a las tradiciones similar al de Henry VIII por sus esposas, pero a mí las tradiciones me importan bastante poco. Sí, tenemos nuestras fiestas patronales, con sus vestimentas, bailes y comidas tradicionales, pero nadie en su sano juicio los defiende como un rasgo de madrileñidad, pues no son más que una excusa para hacer el tonto y divertirse. Cualquiera que viva en Madrid es acogido sin necesidad de demostrar nada y el madrileño por antonomasia es aquél que no tiene ascendientes en la villa y corte.

Al fin y al cabo, las tradiciones no son algo estático, se crean y se destruyen (o quizás, como la energía, sólo se transforman). Pretender que tenemos que seguir haciendo lo que nuestros padres y abuelos es además peligroso, contrario a toda idea de progreso, pues nos mantiene anclados al pasado, incapaces de superarnos. ¿Qué sentido tiene defender la agricultura "tradicional" cuando los avances técnicos del siglo XX nos permiten hacer la tarea mucho más liviana y productiva? ¿Quién quiere una impotente medicina "tradicional" cuando la ciencia moderna es capaz de erradicar males de los que la gente se moría ayer mismo? ¿Alguien sigue usando el correo "tradicional" como principal medio de comunicación a distancia?

Algo similar nos ocurre con la palabra "natural" (y su antítesis la química), a menudo sinónimo de bueno. Qué quieren que les diga, lo natural (y tradicional) es morirse de cualquier nimiedad, vivir en las cuevas y darnos de pedradas por la menor tontería. Conmigo que no cuenten. Yo quiero disfrutar de todas las artificiales creaciones artísticas humanas, ponerme novedosas vacunas para la polio, ir a la montaña con un sintético calzado de goretex, no quemarme cuando me pongo al sol gracias a potingues químicos, hablar con mis amigos por videoconferencia cuando estamos muy lejos a través de cancerígenas ondas y dominar los instintos naturales para intentar resolver los conflictos de forma civilizada.

Y que les den a las naturales tradiciones milenarias.

18 noviembre 2009

Delft

De vuelta en París tras una incursión de cinco días en Delft (Holanda) y alrededores para ver a los amigos. Ya sabéis, borracherías, mala alimentación y poco sueño. Después de esta segunda visita sigue siendo un país que no me convence. Todo plano, mucho viento y agua por todas partes y... ¿a quién se le ocurre montarse un país por debajo del nivel del mar? Por si fuera poco, tienen la mayor estatura media del mundo, con lo que, a pesar de no ser un enano, iba por allí con la sensación de ser un hobbit. Hasta los abuelos me miraban por encima del hombro.

Como recuerdo me llevo, en la memoria, el inodoro de diseño más raro que he visto en mi vida. De entrada, es tan alto que cuando uno se sienta apenas llega con los pies al suelo; las mujeres quedarán con las piernas colgando. Sin embargo, lo más curioso es que el agua (el charquito) está en un agujerillo delante, mientras los dos tercios traseros, o sea, sobre donde uno aposenta su ídem, es decir, donde se deposita la carga, están ocupados por una plataforma ¡cóncava! a medio palmo del nivel de la taza. La única razón que se me ocurre es que así se evitan incómodas salpicaduras. El problema, claro, es que cuando te levantas te encuentras allí con todo el pastel incómodamente cerca. Y que de alguna manera hay que desalojarlo hasta el pozo. ¿Confiamos en que el problema esté resuelto por el ingeniero responsable y tiramos de la cadena? Vemos cómo un potente chorro sale de la parte trasera, lo que podría empujar el asunto hasta el abismo... pero, al mismo tiempo, un chorro de idéntica potencia sale también desde la parte delantera, creando donde se encuentran, es decir, sobre la concavidad, o sea, donde hemos descomido (¿!), un remolino que únicamente consigue poner a rotar la masa. Poco a poco la fuerza trasera va ganando y el tema va avanzando hasta el borde del precipicio. Momento en que el agua deja de manar, quedando sólo en juego la inercia, la gravedad y el rozamiento. O sea, que lo más probable es que la mayor parte vuelva a la posición original. Es decir, que cuanto menor sea la consistencia del mojón (¡también! *), mayor porción del regalo conservamos. Esto es, que al final hace falta un empujoncito manual. Una delicia.

Muestra de que ya me estoy haciendo viejo: no me he molestado en traerme maría, pero sí he vuelto con un recuerdo más tangible: un cargamento de lembas que sería la envidia de Frodo.

Ahora puedo afrontar el Mordor de los exámenes con el corazón más alegre.

*Estos académicos, de otra cosa no, pero de escatología saben un rato.

05 noviembre 2009

Por lo que me inclino ciertos días

En ente vlog, políticamente hablando, nos adscribimos a una izquierda de “tercera vía” que, además de vomitar sobre todos los apóstoles del liberalismo económico, también lo hace sobre los progres bienpensantes. Así, creemos que lo de la diversidad cultural es un engaño (el 90% de las “culturas” del mundo podrían desaparecer ya mismo y el planeta sería un lugar mejor), que la pobreza es una lacra que hay que erradicar siendo paternalistas con los pobres – gente con tendencia desaforada a la superstición, el meapilismo y el machismo - y, por supuesto, que TODAS las religiones – y demás muestras de pensamiento mágico – son, sin excepción, una puta mierda que eliminar a sangre y fuego. Por supuesto, apoyamos que se reconvierta la catedral de Santiago a una FNAC y que se use el sepulcro del apóstol como stand de exhibición para las novedades de PS3.

Poco queda que añadir. Las "culturas" (y sobre todo las tradiciones) carecen de valor alguno, la religión hay que combatirla abiertamente, el mundo hay que mejorarlo con una mano férrea que sepa lo que hay que hacer. Concretamente la mía.

15 septiembre 2009

Vuelta a empezar

Este sitio siempre ha tenido más vocación de cuaderno de bitácora que de diario de a bordo, pero tal vez vaya a cambiar. El caso es que estoy en una habitación de París con encanto y cierto valor histórico, o sea, tirando a cutre y avejentada, con un unos muebles que diría directamente traídos de los años setenta si las marcas del tiempo no fueran tan visibles; la mitad de las bombillas no encienden y la toma ethernet escupe el cable, con lo que hay que estar apretándolo para tener conexión. Por no mencionar que dicho enchufe, en vez de junto a la mesa, está al otro lado del cuarto, junto a la nevera, con lo que mientras me hago con un cable largo o navego tirado en el suelo o sobre la nevera, lo que imagino que será una buena solución de refrigeración, pero no es precisamente ergonómico.

No todo son malas noticias: tengo 23 años y vivo en París. Pues habrá que salir y vivir. En realidad tampoco se aleja tanto del plan inicial. Por cerrar el círculo citando a Nacho Vegas, quizá:

Y así comienzo a novelar
la historia de lo que será
cuando las cosas vayan a peor.

O no.

13 julio 2009

El lenguaje y el mundo

Una de las cuestiones filosóficas planteadas en 1984 de George Orwell que más me llamó la atención cuando lo leí fue la relación entre lenguaje y pensamiento, cómo nuestro lenguaje determina la forma en que conocemos el mundo. Algo que no podemos nombrar no existe y, del mismo modo, podemos llegar a actuar como si algo existiera a base de repetir su nombre, sea Gran Hermano o $Deity.

A menudo he reflexionado sobre ello al encontrarme con un(a) joven que expresa todo con cuatro palabras: "es que eso es...[pausa para pensar] ¡buah!", "pensé... ¡puf!", o incluso "ese libro... ¡buf, mola mazo!" (uno esperaría que al menos alguien a quien le gusta leer libros con algo de vocabulario se vaya quedando). O que no diferencia el salmón de la merluza, todo es pescado del mismo modo que la fruta o la verdura son categorías con miembros prácticamente indistinguibles. ¿Qué conocimiento de sí mismo puede tener alguien incapaz de nombrar sus emociones? ¿Qué conocimiento del mundo puede tener alguien que no puede ni nombrar siquiera lo que se lleva a la boca? ¿Cómo va a desarrollar ideas complejas con semejante base? ¿Nos estamos yendo realmente al carajo?

En una situación parecida me he encontrado yo con el aprendizaje de idiomas. Con el inglés ya me defiendo como para seguir un pensamiento un poco elaborado como el de una novela de Hornby o Pratchett, y con un poco de paciencia puedo incluso explicar las cosas que se me pasan por la cabeza, no todas tan simples. Sin embargo, con el francés todavía me agobio cuando me encuentro inútil para expresar hasta los razonamientos más simples. Desde que descubrí el subjuntivo la cosa ha mejorado sensiblemente, pero todavía la falta de conectores y, sobre todo, de vocabulario hacen estragos.

Y mira que a base de estudiar y estudiar francés durante días he llegado casi a pensar en esa lengua. Pero, claro, todo ideas inmediatas, de la vida cotidiana, como "debería comer" o "cuando acabe esto voy a llamar a Segundo para tomarnos unas cervezas". Vamos, que sobrevivir puedo sobrevivir en Francia, aunque no sé si podré hacer algo tan esencial como comentar una película con un amigo. O saber cómo pedir merluza en lugar de salmón.

¿No lo había mencionado? En septiembre me voy, lo menos, año y medio a París. Quelle joie et quel... ¡uy!

12 marzo 2009

El router de los huevos

Les aseguro que no es dejadez, ni que me haya olvidado de mis buenos propósitos de enmienda: si no escribo es porque los medios técnicos están poniéndose realmente en contra.

Para empezar, hace un par de semanas el router de Telefónica volvió a cascar, con síntomas y consecuencias similares a las de hace un año. Como en mi casa tenemos los huevos así de grandes, se produjo una lucha -silenciosa- para ver quién llamaba en esta ocasión al Servico de Atención de la Madre que los Parió. El pulso duró una semana, durante la que pasivamente me negué a ser otra vez yo quien tuviera que ocuparse de la línea de ADSL. Entiendo que por estudiar cosas del ramo yo me encargue de configurar la red inalámbrica, pero tener que ser siempre yo quien llame al servicio técnico me parece de traca. En este caso, el aparato se negó a encenderse un jueves por la mañana; yo pasé por casa hacia las siete de la tarde -después de estar todo el día trabajando- y me lo contaron como si fuera a tener una receta mágica, les dije que llamaran a ver si les convencían para que un técnico trajera uno nuevo y un rato después me fui a tomar unas merecidas cañas con los compañeros del curro. A la mañana siguiente, me levanté y (algo resacoso) me fui a trabajar. Cuando volví, hacia las cuatro de la tarde, unas treinta horas después de la avería, todavía ninguno había sido capaz de tomar las riendas del asunto. Comí, dormí una generosa siesta y de nuevo salí, esta vez a un concierto de Krahe. El sábado transcurrió de forma similar: me levanté tarde, vagueé y por la noche fui al cumpleaños de unos amigos (sí, fue un fin de semana bastante intenso). Para cuando volví a amanecer el domingo, nadie había movido un dedo aún.

Y no es que los demás tampoco hubieran parado por casa o que no tengan necesidad de acceder a Internet: mi madre ha superado sus fobias tecnológicas e intercambia emilios con amigos y colegas habitualmente, mi hermana sin Messenger y sin poder bajarse series se aburre como una ostra en su habitación, mi hermano busca constantemente información y recursos para sus proyectos. Si acaso alguien no lo necesita es mi padre, aunque es por tener acceso desde el trabajo (como yo, por otra parte). Además, sin router no hay Wi-Fi, con lo que imprimir se convierte en una odisea en la que hay que 1)copiar el archivo a imprimir en un pendrive, 2)enchufar el pendrive en el PC al que está conectada la impresora, y 3)abrir el archivo y darle a imprimir. Brujería sólo al alcance de los más avanzados chamanes de la informática.

Así llegó el lunes. En la cena mi padre dió un ultimátum: o llamábamos o llamaba él, pero para dar de baja la línea. La amenaza tuvo cierto efecto y al día siguiente mi hermana estuvo dando la tabarra a mi madre para que ella llamara. Sí, al final lo consiguió. La solución que le dieron, por supuesto, fue la misma que la última vez: enviar el router a Jaén a por aceite. Sugerí que intentaran hacerse los inocentes, decir que el router sí encendía y que mandasen a un técnico a ver si se apiadaba y nos cambiaba el cacharro, pero no me hicieron mucho caso, de modo que, puesto que yo no pensaba tomar cartas en el asunto, ya sólo quedaba meter el aparato en una caja y desearle buene viaje. Por supuesto, mi hermana y mi madre consideraban que ya habían hecho suficiente -seguramente, que más de lo que les correspondía- así que tan complicada tarea iba a tener que hacerla otro. Mi padre y yo estábamos en huelga de brazos caídos, por lo que todo apuntaba hacia mi hermano.

Los días siguieron pasando. El jueves, una semana después de que la historia comenzara, decidí ceder un poco y coloqué el router en una caja acolchada sobre la cómoda de la entrada, a ver si alguien se daba por aludido. Mi padre, probablemente conmovido por el gesto, contribuyó imprimiendo una hoja con los datos de cliente que hay que enviar junto al aparato. Una semana después, ahí siguen el router, la caja y la hoja.

El sábado, eso sí, mi hermano decidió que iba a comprar un router nuevo, por lo que me arrastró al MediaMarkt más cercano para asesorar en la compra. Aunque con un presupuesto tan limitado que sólo nos alcanzó para un Belkin que ha resultado tan cutre como parecía, por lo que estamos sopesando devolverlo -nunca jamás descambiarlo-y llegar hasta un Linksys (división de Cisco, el mayor proveedor de equipos de red del mundo), que seguramente funcione mejor, amén de tener un diseño mucho más atómico.

Si tengo tiempo, mañana les sigo contando mis cuitas. Ahora, me voy a ver a Patricia Conde en ese triste remedo de SNL.

23 febrero 2009

Electric boogaloo

Que no estaba muerto, que estaba de parranda. Bueno, en realidad he estado trabajando y estudiando, una combinación realmente agotadora. ¿Tanto como para no escribir una línea en tres meses? Pues seguramente no, pero ya saben cómo son las cosas: lo dejo esta semana que estoy muy liado, la siguiente resulta no estar más despejada y para cuando te quieres dar cuenta has  cambiado de año y de costumbres. Y la verdad es que es una costumbre que me parece muy sana y que no quiero perder.

Que no escriba seguramente es señal de que las cosas no andan del todo bien, o al menos no exactamente en la senda que me gustaría, así que hago propósito de enmienda e intentaré hacer acto de presencia con mayor regularidad.

Queda pues inaugurada esta nueva etapa: Ustedes me condunden con otra persona 2: Electric Boogaloo. Aunque no cuente con Paul Rodgers, esperemos que sea algo mejor que la anterior.

16 junio 2008

Qué no hacer en tu cumpleaños

Lista de cosas que no hacer el día de tu cumpleaños:

  • Levantarte a las cinco de la mañana para preparar un examen que de todas formas vas a suspender.
  • Ya que estás "despierto" a esas horas, ver el partido Lakers-Celtics.
  • A pesar de todo, presentarte al examen.
  • Responder tonterías a las preguntas de las que no tienes ni idea (verbigracia: "delta es la desembocadura de un río, que se parece a dicha letra griega", ¿qué sabes sobre PMBOK? "Sólo sé que no sé nada. Sobre PMBOK."). Total, como sobra tiempo...
  • Volver a casa para estudiar el examen de dentro de 44 horas. Que por supuesto, tampoco has preparado. Por no hablar del examen del día siguiente, el del día siguiente o el del día siguiente.
  • Pasar la tarde "estudiando", sin divertirte con los amigos ni adquirir conocimiento alguno.

Los dos patitos... ¡yuju!

13 junio 2008

Números redondos

Con ésta hay que añadir un digito más al número de entradas publicadas. Y es que ya van 10000000 y, la verdad, cuando empecé hace casi dos años y medio no tenía claro que fuese a aguantar tanto gritando en silencio, o escribiendo sin lectores, que viene a ser lo mismo. He cumplido el reto de escribir con cierta frecuencia: aunque sea en media, hay una entrada por semana de vida. Que no es un ritmo vertiginoso, pero a mí me sirve. Y permite a los (potenciales) lectores asimilar las grandes perlas de sabiduría que ofrezco sin verse agobiados.

Bueno, vale, en base decimal sólo son 128 entradas, 2 elevado a 7, que no es una cifra muy redonda para la gente normal. A mí me hacía ilusión. Ahora a por las 100000000.

04 junio 2008

Sobras

Cita aleatoria de Google:

The most remarkable thing about my mother is that for thirty years she served the family nothing but leftovers. The original meal has never been found.

En mi casa llevamos tres días comiendo restos del fin de semana. Y mi madre dice que hasta que no se acaben, aquí no se cocina nada.

19 marzo 2008

El sentido del blog

- A mí lo de los blogs me parece una gilipollez.

- Bueno, yo más bien diría que hoy en día cualquier gilipollas tiene un blog. Yo tengo dos.

- No entiendo la necesidad de contar tus cosas al mundo. ¿Necesitas que te aplaudan, que te digan lo maravilloso que eres?

- Pero si no me lee ni el Tato... yo escribo por una necesidad interior, porque es una forma de intentar organizar el caos y darle una apariencia de orden, una forma de intentar comprender el mundo, de alcanzar la verdad. Escribir te obliga a reflexionar, a analizar tus ideas y estructurarlas, a tomar perspectiva sobre la vida. Y además tiene la ventaja de que más adelante puedes volver sobre tus escritos y descubrir lo pardillo que eras o, en algunas ocasiones, lo lúcido que puedes llegar a ser. Pero en cualquier caso escribir no es para los demás, sino una dependencia, algo a lo que te agarras para no caer en la locura. Enseñarlo a los demás puede que no sea más que un acto de exhibicionismo.

- Ya. Necesitas la palmadita en la espalda, que te confirmen que eres bueno.

- ... ¡Si publico lo que escribo es porque me parecería cruel privar al mundo de mi genio!

03 febrero 2008

Diario de navegación (2)

Pues ya son dos años en esta embarcación y llevamos más de cien incursiones en aguas enemigas, todas ellas convenientemente anotadas en el diario de navegación. Últimamente anda algo descuidada al haber tenido que asumir el mando de una flamante fragata de nuevo diseño, La Callecita, destinada a hacer frente a cualquier enemigo y con gran habilidad para ceñir el viento.

Pero no por ello pierde el favor de este humilde capitán, que seguirá luchando con denuedo por que esta cáscara de nuez siga a flote, aunque sea alimentándose de los desechos de su nueva hermana. Le va el honor en la tarea.

En cuanto a la misión, sigue siendo tan ambiciosa como al inicio, no nos hemos apartado ni un ápice de nuestro magno plan: sobrevivir.

03 enero 2008

Last night I had the strangest dream

Me encuentro en mi pueblo, acudiendo a una clase de inglés (manda huevos, no saben hasta qué punto) con los más variopintos compañeros (es decir, gente de toda época y todos mis círculos sociales) cuando se desata la típica epidemia zombie. Sólo que, en este caso, no son simples zombies, sino zombies-coche. Por ese orden. Zombies con capacidad de automovilizarse. Algo así como transformers humanos.

De repronto, me encuentro con Rinzewind en el cuerpo de Rincewind. Sin túnica ni sombrero puntiagudo, pero sé que es él. En cambio no sé qué rayos hace allí (es un decir), tal vez esté cubriendo para el Manifestómetro la concentración de zombies. Le saludo como un fan y le cuento que también escribo en blogs.

Cada vez quedamos menos. Las hordas infectadas nos van sitiando, hasta que irrumpen en nuestro último bastión y nos acorralan contra un muro tras el que hay un precipicio (por si acaso). Se regodean en la situación, pues, y ésta es mi gran aportación al género, los jodíos saben hablar. El cabecilla inicia una sádica cuentra atrás con la que nos van comiendo el poco espacio que nos queda antes de tocar la pared. Yo no estoy asustado porque sé que voy a escapar. Cómo lo voy a hacer, ni idea, pero que lo conseguiré. Tal vez sea conciencia de protagonista.

Y justo cuando se cumple el implacable plazo y se cierne sobre nosotros la no muerte, cómo no, suena el despertador.

Me he quedado acojonado. No por el sueño, pues ya digo que no tenía miedo y encima molaba un puñao. Acojonado por el hecho de que yo, o mi cuerpo, supiese exactamente cuándo iba a dispararse la alarma del despertador y crease una historia cuyo final coincidese con ese momento. Podrán decir: "bah, te suena siempre a la misma hora y ya estás acostumbrado". Pero es que no estaba en mi cama. No, lo siento, malpensados: en mis delirios febriles previos al sueño me había ido a la cama de mis padres para rememorar, aprovechando su viaje, aquellas enfermedades de la infancia.

Así que, vale, podía saber a qué hora sonaría, pero no deja de tener mérito saber cuándo iba a sonar. Viva mi reloj interno.

14 diciembre 2007

Iniciación a la lectura

Hace unos años, cuando ya tenía un libro entre mis manos –un antiguo libro de tapas duras- cuando ya había llegado al nudo, a la parte interesante, tuve que dejarlo temporalmente para centrar mi atención en un encargo del colegio, una novela moderna que nos había mandado leer la profesora de lengua.

En el momento en que volví al primero, al libro antiguo de tapas duras encuadernado en cuero, éste me reprendió con acritud:

- Mira, ya me parece mal que te pases el día mirando con deseo cada clásico que se te cruza, que ojees los libros de otros, y soporto que coquetees continuamente con periódicos y revistas, pero que en mitad de nuestra relación te vayas con otra novela es algo inadmisible.

- No es lo que parece. No es lo que estás pensando.

- Claro, y yo soy tonta. ¡Que no fui impresa ayer!

- Es evidente que he estado con otro libro, pero entiéndelo, yo no quería, me obligaron. Yo estoy mucho más a gusto contigo que estás hecha al hombre, a sus gustos y a sus manías. La otra novela, en cambio, acababa de salir de la librería...

- Así que –cortó el libro antiguo de tapas duras encuadernado en cuero con el título en letras doradas- encima te vas con una más joven que yo.

- No. Bueno, sí. No exactamente. ¿Qué importa la época? Aunque si te consuela, tú eres mejor, disfruto mucho más con tu lectura.

- No, no me consuela. Y no soporto que me hayas sido infiel. Creo que lo mejor será dejarlo por un tiempo.

Era una novela de carácter, desde luego. Sin embargo, yo no estaba dispuesto a prorrogar nuestra relación por más tiempo, así que aquella misma tarde terminé con ella.

Durante la semana siguiente estuve demasiado atareado con los estudios como para leer. Al final cayó en mis manos un libro que había leído no hacía tanto, algo pedante, pero que me había gustado mucho:

- Últimamente te veo un tanto alicaído. Si quieres te puedo presentar una novela, vieja amiga mía, compañera de estante en la librería. Es muy simpática e hilarante. Creo que te subirá el ánimo.

Al día siguiente me encontraba con una edición reciente de una disparatada comedia de Mendoza. El libro estaba a estrenar, inmaculado y, claro, como todos los libros nuevos, se encontraba demasiado rígido y le costaba mantenerse abierto por la página. Es más fácil manejar libros que ya se han leído unas cuantas veces. La ventaja de los libros de biblioteca: están algo manoseados y precisamente eso facilita las cosas. Por no mencionar lo maravilloso de poder elegir entre un extenso catálogo sin compromisos, no como cuando compras un libro y te sientes obligado a leerlo entero aunque no te esté gustando.

- Tengo que confesarte que es mi primera vez- dijo una vocecita aguda.

- ¿Qué?- pregunté algo desconcertado.

- Que nunca antes había sido leída. Siquiera hojeada, como casi todas mis compañeras.

- Oh, no te preocupes, no es la primera vez que estoy en una situación parecida. Intenta relajarte, que todo irá bien.

- No sé si estaré a la altura.

- Por ahora vas muy bien: tienes un planteamiento original, algo surrealista, y me estoy divirtiendo mucho. Pero intenta dejar de temblar, que me cuesta leer así.

No deja de tener cierto punto saber que nadie ha tocado ese libro antes.

En ocasiones recaigo en novelas que ya he leído. Un encuentro casual, salta el recuerdo de los buenos tiempos compartidos, y me empiezo a preguntar si será como aquella vez, si sentiré lo mismo que hace cinco años, si realmente sería una experiencia tan maravillosa o ahora, más curtido, con más mundo, más vivencias, se convertiría en una lectura del montón. Alguna vez ha pasado. Con otras, en cambio, la comprobación ha supuesto una mejora: los detalles buenos que recordaba seguían allí y además descubrí algunos nuevos, incluso mejores, por los que anteriormente había pasado sin fijarme o sin ser capaz de verlos.

En cualquier caso, no sé cómo lo hago, pero no me duran nada los libros. Aunque puedo pasar algunos días sin literatura, en seguida me gana el mono y acabo leyendo lo primero que encuentro en la estantería. Un par de tardes, alguna noche si la cosa se pone muy interesante, y adiós. Durante el curso todavía aguanto algunas semanas, incluso meses, con el mismo; supongo que porque apenas nos vemos. Pero es que durante las vacaciones, en especial en el verano, se convierte en un desfile de títulos, sin apenas descompresión entre uno y otro. Todo el día en la playa tirados, sin más compañía que el sol y el murmullo del mar, sin más pertrechos que una toalla y un bote de protector solar, ensayando nuevas posturas con las que evitar que se duerman las extremidades, tan solo interrumpido por algún chapuzón cuando me acaloro demasiado. En esas condiciones extremas puedo llegar a leer cuatro o cinco novelas a la semana.

Ahora mismo, sin embargo, sin saber muy bien cómo ni por qué, me hayo en un laberinto de lecturas cruzadas del que no sé si seré capaz de salir con buen pie: a principios de curso comencé Octubre, octubre, tras cuatro capítulos empecé El jarama, pero ese mismo día fui a la Fnac y me compré A Long Way Down y The Picture of Dorian Gray. El primero sucumbió de inmediato, el segundo fue abandonado con sólo unas pocas páginas leídas al reencontrarme con High Fidelity en la estantería de un amigo. Para rematar la faena, por mi santo me regalaron Un día de cólera, con el que estuve dos noches, y Tu rostro mañana 3. Verano y sombra y adiós, que no he llegado a abrir, pues la semana pasada tuve un flechazo con una edición de bolsillo de In the Country of Last Things. Cuando acabe con Paul Auster, ¿cuál debería retomar?

24 agosto 2007

Cómo acaban los sueños

No hay nada como dormir solo. Tener toda la habitación para uno mismo, poder dar vueltas por la cama libremente hasta encontrar la postura. Olvidarse de ruidos, de respiraciones pesadas, del otro que se levanta a mitad de noche al baño, de la alarma que suena media hora antes que la tuya. Nadie que te despierte porque roncas o porque se aburre y quiere hablar. Para descansar a gusto nada como dormir solo.

Y qué triste despertar.

06 agosto 2007

Sentimental

El primer día de carrera me sentía asustado y expectante por lo que se me venía encima. También me atenazaba la timidez con mi miedo al ridículo. Por lo general siento respeto hacia los profesores, como hacia cualquier otra persona antes de que me demuestre lo contrario. Durante el curso hay días en los que me siento abrumado por la carga de trabajo. Ante ciertos exámenes me siento nervioso, con un cosquilleo en el estómago; con otros, indiferente, o directamente pesimista. Sin embargo suele predominar la sensación de seguridad, de tener todo bajo control.

En los días malos, a pesar de mi ateísmo, no me siento muy católico. En cambio hay otros en los que me noto en armonía con el universo, optimista, alegre. Sí, a veces me deprimo. Otras me siento orgulloso de ciertos seres humanos. En ocasiones tengo unas jaquecas inexplicables, con una fuerte presión detrás de los ojos, y siento que la cabeza me va a estallar.

Mis amigos me transmiten confianza, tranquilidad. Hay chicas que me excitan, que me hacen sentir placer, que podrían causarme celos. O amor, claro. No suelo destilar odio hacia mis congéneres, aunque sí albergo resentimiento hacia alguno de ellos, que se suele quedar en desprecio. Sólo los más capacitados son capaces de enfadarme, no por mucho rato. Apenas recuerdo lo que eran la ira y la furia.

Me encanta sentir la arena de la orilla bajo mis pies, el sol acariciando la piel, la sensación de paz al mecerme con las olas entre el cielo y la mar. Disfruto de la melancolía de una tarde de lluvia. En algún momento he sentido la angustia del vacío interior. Me siento frustrado cuando se me ocurre la réplica brillante cinco segundos después.

Pero nunca, nunca, me he sentido español.

Nota: este artículo se publica simultáneamente en La Callecita.