06 enero 2011

Dime con quién andas

... y te diré quién eres. Eso reza el refrán. Yo siempre había creído que era algo esencialmente peyorativo para indicar que la gentuza se junta con gentuza. Ahora creo que es una verdad general: uno se define por las amistades que cultiva. Mal que a veces nos pese, somos animales sociales y uno, además de uno mismo, también es sus circunstancias. Su familia, su ciudad, su tiempo, los amigos que elige. Seguramente elegir sea un eufemismo, pues los amigos son esencialmente aquellos que nos aguantan y aceptan. Que, inexplicablemente, siguen ahí a través de los años. Que no nos quieren cambiar.

Sin embargo, también son algo que nos modifica. Incluso los más ferozmente independientes necesitamos la aceptación. A partir de ciertas afinidades, los amigos nos pueden ayudar a sentirnos más a gusto con nosotros mismos, a desarrollar los aspectos de nuestra personalidad que más nos gustan, pero igualmente nos pueden alejar, cambiarnos radicalmente. Para sobrevivir, cuando la situación no es propicia, nos adaptamos al entorno, nos camuflamos hasta pasar desapercibidos y ser admitidos.

Cada vez que entramos en un nuevo círculo social nos vemos obligados a reinventarnos. Ya sea por cambiar de trabajo, de pareja o de ciudad, tenemos que definir nuestro nuevo rol, nuestra nueva relación con los demás. En ocasiones, esta operación puede convertirse en un salto mortal sin red: uno no añade amigos, sino que de golpe y porrazo se encuentra rodeado de gente nueva sin el apoyo de los ya conocidos. Todos sabemos de aquel que se echó novia y no se le volvió a ver el pelo, del otro que metió su vida en una maleta y se fue a plantarla en cualquier otra parte. El riesgo está en que olvidar a los amigos es también olvidarse a uno mismo. No son grandes cambios. Simplemente, palada a palada, vamos enterrando una parte de nosotros.

Y así uno puede encontrarse un día echándose de menos, preguntándose qué habrá sido de aquel yo bromista que hoy es un tipo serio, de aquel yo amante del cine que ahora sólo ve blockbusters, de aquel yo que discutía durante horas tomando cada coma por trinchera y que ya no mantiene más que conversaciones de ascensor.

Y darse cuenta de que, palada a palada, te has estado enterrando vivo.

4 comentarios:

AlmaDeNieve dijo...

Adaptarse o morir, qué gran verdad. Serán las pulsiones cósmicas o vete a saber qué, lo que nos hace rodearnos de ese "dios los cría y ellos se juntan" que en realidad no es más que ese adaptarse del que hablas, de esa transmisión de afinidades y gustos que acaban por conformar un grupo, cada uno con sus rarezas, pero un grupo donde poder desarrollarte como ese zoon politikon.
O morir, o enterrarse en vida; aunque le digo que ese coger la maleta y plantarse en otros sitios crea nuevos e interesantes círculos.
La clave de todo esto, tal vez sea "no olvidar", sean cuales sean las circunstancias espacio-temporales...

Timoteo dijo...

Tal vez haya que mantener las heridas abiertas para que sangren y no cicatricen; al menos que quede un ligero picor.

Cierto es que al final lo más interesante suelen ser los imprevisibles círculos concéntricos que se forman como al arrojar una piedra al agua.

PD: He tenido que leerlo dos veces para darme cuenta de que no ponía "zooplancton". Estoy fatal. A ver si con un whisky se me pasa.

Anónimo dijo...

a ver si haces uno sobre el papel del ser humano en el universo que me interesa especialmente.

Esta faceta ultima tuya de investigación del ser humano...¿Te basas en experiencias personales, de otros, libros o te lo inventas?

Timoteo dijo...

Está todo basado en hechos ficticios que me ocurrieron a mí.