Mostrando entradas con la etiqueta Ladrillos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Ladrillos. Mostrar todas las entradas

17 agosto 2012

Democracia impopular

Escribía Antonio Muñoz Molina un (recomendable) artículo en el que desdeña de pasada ciertas propuestas de los partidos de izquierda por populistas. Me extraña, pues parecería lógico que en una democracia, y más un partido de izquierda, se hagan propuestas cercanas al pueblo. Corroboro en el diccionario de la RAE que "populista" es "perteneciente o relativo al pueblo". Sin embargo, a la definición debe faltarle algo, porque de lo contrario es difícil imaginar a todo un Muñoz Molina usando el término como crítica. El María Moliner nos acerca a la resolución del misterio con su acepción de populismo (voz que la RAE, siempre a la última, ni recoge): "Doctrina política que pretende defender los intereses de la gente corriente, a veces demagógicamente."

He ahí el busilis, me digo, el populismo puede ser demagógico. ¿Y qué cosa es la demagogia? Atendiendo al uso cotidiano en los medios, demagogia eres tú. Demagógico es siempre el discurso del político o el tertuliano de la acera —trinchera, más habitualmente en nuestro país— de enfrente, nunca el propio. Pero claro, si el discurso del otro siempre es demagógico, resulta complicado identificar la demagogia.

Así que vuelvo al DRAE, que me explica: "Degeneración de la democracia, consistente en que los políticos, mediante concesiones y halagos a los sentimientos elementales de los ciudadanos, tratan de conseguir o mantener el poder". Como antes no parecía muy puesto en el tema, le pregunto también a la señora Moliner, por si acaso: "Práctica política, que puede manifestarse, por ejemplo, en un discurso, que tiene como fin predominante agradar o exaltar a las masas, generalmente con medios poco lícitos".

Queda claro que la demagogia y el populismo tienen algo en común: ambos buscan contentar al pueblo. Sucede que la demagogia se usa para conseguir poder y/o empleando medios ilícitos. ¿Cuáles? La Wikipedia da una buena lista: falacias, manipulación del lenguaje y de los números, ocultación de información...

¿Qué extraño prodigio ha hecho que se equipare "defender los intereses de la gente corriente" a "mentir y manipular para agradar a la masa y así tocar poder"? ¿Por qué cualquier discurso que agrade al pueblo es tachado de demagógico o, lo que parece ser lo mismo, de populista?

La respuesta que ofrezco es de paradójica belleza: la contaminación del término "populista" por la demagogia se debe a una hábil manipulación del discurso demagógico predominante. Así, con un silogismo de lo más simplista, el discurso que busca dar satisfacción a los intereses populares es demagógico. A través de falacias nos han retorcido una vez más el lenguaje que utilizamos hasta volverlo tóxico, dejándolo inservible. Le han dado la vuelta a la situación, de forma que, si enardece a la masa, no puede ser bueno.

Entronca esto con otra idea fuertemente enraizada que quiere que lo popular sea malo. La masa es estúpida, ergo cualquier cosa que guste a la masa es estúpida. ¿Una novela, una película, una canción tienen éxito? Los críticos se apresuran a despreciarlo como infracultura, como un mero producto de consumo rápido fabricado en no se sabe qué insalubre cadena de montaje, mientras alaban lo sublime de un oscuro artista solamente conocido en ciertos círculos iniciados. Se establece por tanto una distinción entre la cultura del pueblo y la auténtica Cultura con denominación de origen certificada.

Al mismo tiempo, el arte —o la industria cultural— se ha ido alejando del popularismo para mirarse en el espejo de esa clase media a la que todos pertenecemos como iguales, aunque algunos siempre sean más iguales que otros, aunque siempre nos falte un poco, sólo un poquito más, para tener todo lo que tiene el vecino. El pueblo llano, mientras, cada vez más plano, cada vez más cerca del fondo, no da más que para ser exhibido como un fenómeno de feria en programas de televisión conducidos por intrépidos reporteros que dan testimonio de la vida en una corrala como si de un paisaje exótico poblado por fabulosas criaturas se tratase.

En este clima, no es de recibo que los gobernantes o aspirantes hagan propuestas que interesen al pueblo. ¿Regular los mercados financieros, banca al servicio de los ciudadanos? Populismo puro y duro. ¿Quiere subir las pensiones, el salario mínimo? Ay, pillín, es usted un populista que sólo quiere ganarse el voto. ¡A quién se le ocurre buscar el voto del pueblo con medidas que lo atraigan! Nosotros estamos por encima de esas pequeñeces, somos gente seria, esto es una de-mo-cra-cia. ¿Gobierno del pueblo? No me venga con etimologías.

Democracia es la sacrosanta Constitución, democracia es la reconciliación que generosamente nos han regalado nuestros padres. Nos han vaciado el significado, dejando sólo el armazón, un hueco ritual con las urnas, una liturgia en la que se comulga cada cuatro años. Hasta te dan la hostia.

El ciudadano de nuestra democracia, visto desde la órbita del poder, es en realidad un menor de edad que no sabe distinguir sus intereses de sus más bajas pasiones, un subnormal al que no se le puede explicar el programa porque no tiene altura de miras suficiente. Que es que vamos cegados a por lo nuestro, que si dignidad y pan y trabajo y casa y educación y sanidad, sin pensar que ahí fuera hay un gran terrateniente que prefiere comprarse otro purasangre a invertir en su campo, un inversor que se está jugando buena parte de su fortuna en el casino de la especulación, una multinacional que necesita seguir aumentando sus beneficios, un banquero (des)cuadrando un balance, un servidor público llevándoselo crudo a las islas Caimán, gente importante que lleva las riendas de la economía —cuánta demagogia. Menos mal que tenemos a la clase política y los medios de masas para defendernos de nuestros mezquinos intereses.

23 febrero 2012

Crisis

Saber los nombres de las cosas no significa saber lo que son
(Richard Feynman)

Quizás por mi afición a la lengua y la escritura —o sea, por simple voluntarismo— tiendo a alinearme con quienes defienden la capacidad ordenadora y creadora del lenguaje sobre la realidad. Es una tradición que se me antoja muy británica desde que la descubrí aterrorizado de pequeño en George Orwell y ya más joven leí a Terry Pratchett llevarla a las más altas cotas de diversión (1). Luego, claro, es un tema de discusión filosófica muy vivo a lo largo del siglo XX, pero son libros con una trama mucho menos entretenida.

Recordemos brevemente que en 1984 el Partido crea un nuevo lenguaje (newspeak) basado en el empobrecimiento progresivo del inglés (oldspeak) para controlar el pensamiento y asegurarse la obediencia y lealtad de sus queridos ciudadanos. Al mismo tiempo, disparan a la línea de flotación de la lógica con eslóganes del tipo "war is peace" —el doublethink permite asumir sin empacho que una cosa y su contrario son ciertas— y reescriben continuamente la historia para mostrar que esto siempre ha sido así. Especialmente didáctico es el interrogatorio a Winston en el que le explican claramente que cierto es lo que dice el Partido (el famoso "2+2=5").

En el multiverso del Mundodisco, el pensamiento y la palabra tienen literalmente poder creador, con erótico descacharrante resultado. Los dioses existen porque sus fieles creen en ellos, una nueva criatura puede aparecer con que a alguien se le ocurra nombrarla y es necesario aprender de pequeño a creer las pequeñas mentiras para ser capaz de mayor de creerse las grandes: Justicia, Deber, Misericordia —¿Amor?—.

Del mismo modo, creo que nuestra realidad puede crearse y destruirse con palabras. No defiendo en ningún momento la idea de legislar el pensamiento de la gente desde las definiciones del diccionario, añadiendo o quitando acepciones. El idioma es una herramienta común, flexible, de consenso en continua transformación y no se puede dictar. Los lexicógrafos se limitan a estudiar el idioma, no a inventárselo, como un botánico clasifica y describe las plantas que encuentra (en el caso de la RAE, probablemente las observa pinchadas con un alfiler a la luz de una vela y anota los resultados en un pergamino). Quienes creen que una asociación de ideas desaparece exigiendo a la autoridad de turno que borre la acepción recogida —el propio verbo "recoger" lo indica— pretenden proteger la cosecha de un bicho quitándolo de la taxonomía. Es el problema con los eufemismos, que un subsahariano levanta las mismas reticencias que un negro, y un lisiado difícilmente echará a correr llamándole minusválido.

Sin embargo, igual que la realidad moldea nuestra lengua, pues nombramos aquello que existe, también moldeamos la realidad al hablar, pues, como decía Machado, aquello que no nombramos no se ve. Terry Pratchett tiene claro que lo contrario también ocurre: otorgamos la existencia con el verbo, y basta como prueba toda la retahíla de dioses desde los tiempos más remotos. Lo que no deja de ser una bonita inversión de la creación cristiana en la que el verbo-dios crea todo: es el verbo del hombre quien crea un ser todopoderoso.

Intuyo así que el hombre genera ideas y cosas desde el lenguaje en un proceso complejo que no entiendo muy bien. A pesar de ello, creo que este proceso puede ser intervenido, no desde las alturas de un dictador, sino a través de una labor de zapa que excave por los intersticios entre la realidad y el lenguaje para dar luz a algo nuevo o modificar lo que tenemos.

Todo este rollo viene porque sospecho que la actual crisis, más allá de su dimensión económica, es en realidad ideológica. Es decir, de lenguaje. No padecemos un bache, sino que la crisis es la culminación de un largo camino en el que la batalla del discurso ha sido ganada hace tiempo por el capitalismo despiadado del neoliberalismo. El discurso en la política y demás poderes es único, amplificado alegremente por los medios, ese cuarto poder que en algún momento creímos que trabajaría para la ciudadanía. Hay que hacer lo que hay que hacer, repite sin atragantarse lo más mínimo en la tautología el gobierno de turno, como si la política no fuera replantearse el mundo que queremos y al menos elegir entre una gama de opciones.

El discurso triunfa porque está planteado en unos términos a los que resulta muy complicado oponerse. Sobre ello, entre otra cosas, reflexionaba Emmánuel Lizcano en Metáforas que nos piensan. La crisis es en primer lugar un fenómeno natural al que es imposible oponerse, como un terremoto; luego es una epidemia que se contagia y precisa de inyecciones de dinero. ¿Con qué cara negarle el rescate de un país a la deriva? O, saliéndonos de la crisis, ¿cómo estar en contra del desarrollo o el progreso económico? O, cambiando de registro, ¿cómo estar a favor de la piratería?

La falta de alternativas se siente cuando la más alejada oposición se atreve a hablar de "desarrollo sostenible" frente al modelo actual. Si podemos usar la misma palabra añadiéndole un adjetivo, tan en contra del sistema mismo no estaremos. Si no tenemos un problema de crecimiento, sino con el crecimiento mismo, tendremos que buscar otro término para otra realidad.

Habrá quien opine que no hace falta cambiar de palabras, que lo que hay que cambiar es su significado, que progreso, por ejemplo, no significa más que avanzar en una dirección y que basta con modificar la brújula para que el progreso cambie de rumbo. Yo creo que en una batalla de fuerzas tan desiguales, el enfrentamiento directo tiene pocas opciones de éxito. Como Lawrence de Arabia, se trata de buscar un cambio de perspectiva que haga de la plaza defendida un lugar inútil.

Cuando el 15-M —sea lo que sea eso— asegura no ser ni de izquierdas ni de derechas no es por falta de ideas, sino por considerar que ambos son discursos superados y fracasados (al menos para nosotros, para algunos ha sido un éxito incontestable). Lo que no quiere decir que no haya propuestas válidas en la izquierda o la derecha, sólo que como bloque no hay quien se lo trague. En este aspecto ha sido muy inteligente el 15-M en su esfuerzo por huir de las etiquetas, del enfrentamiento (que no del conflicto), para mostrar un espacio común en el que crear a partir de lo que nos une, en vez de debatir, como siempre, de lo que nos separa. Si la plaza está tomada por la policía, en lugar de enfrentarse a ellos para entrar, se cambia de lugar. Será por plazas. En definitiva, no es que no queramos aceptar las reglas del juego, es que no aceptamos directamente que la partida sea al juego que nos proponen (2).

Es lo que he echado en falta, poniéndome exquisito, en las protestas de Valencia encabezadas por el IES LLuís Vives de los últimos días, la frase integradora que recuerda a la policía que es pueblo y los manifestantes sus aliados, no sus enemigos, como tristemente cree el jefe de policía. Menos trinchera y más pasos a un lado en vez de al frente.

Es difícil salirse de lo ya pensado y transitar nuevos caminos. Como escribió Tony Judt, la mejor manera de medir el grado de esclavitud en el que una ideología mantiene a un pueblo es la incapacidad colectiva para imaginar alternativas. Nos cuesta horrores imaginar una sociedad distinta, pero no renunciemos a ella. Aunque costará, hay que hacer caso a Ángel González:

Habrá palabras nuevas para la nueva historia
y es preciso encontrarlas antes de que sea tarde.

Ya se ven algunos pasos en esta búsqueda. Destaca por ejemplo la recuperación del concepto de isegoría(3) como el derecho a intervenir en el discurso público en igualdad, frente a la mera igualdad de los votos (leyes electorales a medida a un lado). Encontramos asímismo la recuperación de procomún(4), aquello que pertence a todos sin ser público, es decir, del Estado.

Exploremos la realidad para recoger palabras nuevas con las que construir la nueva historia.

Notas:

1. Alguno pensará que es un orden de lectura un poco extraño. En efecto, a menudo errático, he leído libros de adultos en la niñez y libros infantiles en mi etapa adulta, pero es otro tema.

2. Perdonen que esté tan pesado con los enlaces a Fuera de lugar, pero es que Amador Fernández-Savater es una de las personas que mejor está pensando el 15-M. Pagaría por verle discutir con su padre, que en cambio parece comprender poco. Quien tenga tiempo puede pasarse por su entrevista para 15M.cc.

3. A manejar con cuidado. Antonio Elorza parece sugerir hacia el final que los intereses políticos y económicos censuran e impregnan toda la comunicación, salvo El País, resistente ahora y siempre al invasor.

4. Hacia el final se le va un poco con el rollo de utilizar el aire para enviar ondas cancerígenas con rendimiento económico, pero parece que no es fácil ser filósofo y mantener el rigor científico.

23 enero 2011

¿Y si...?

Ciertas teorías plantean que, cada vez que tomamos una decisión, el universo se desdobla y otros yoes siguen vidas paralelas, realizando todas las posiblidades que en estas cuatro dimensiones descartamos. Si fuéramos capaces de unir todas estas consciencias, tendríamos una vida plena, en el sentido más literal, experimentando todas las bifurcaciones posibles.

Algunas personas creen que así encontrarían la felicidad, sin remordimientos, ni arrepentimientos, ni dudas sobre posibles presentes alternativos. A mí me cuesta. Principalmente, porque tengo la intuición de que aun en infinitos mundos siempre tomaría la decisión equivocada, o acabaría encontrando la forma de cagarla. Ser completamente consciente de ello resultaría abrumador: uno de los pocos consuelos que tenemos en esta vida es creer que tomando otros caminos nuestra vida habría sido distinta. Mejor. Si la hubiera besado aquella noche, si le hubiera mandado a la mierda, si hubiera subido a aquel tren, si nunca hubiera tomado este avión...

Imaginamos otras realidades para evadirnos de la nuestra y nos torturamos creyéndolas más atractivas, aunque no tengamos ninguna garantía de que realmente el resultado fuera ése. Nos causa dolor, pero también nos ayuda a querer transformar nuestra realidad para acercarla a la deseada. Porque una vida perfecta como combinación de otras, o por simple estadística, no tiene ningún mérito. Debemos construirla aquí y ahora, con todas las limitaciones espacio-temporales. Hay otros mundos, pero están en éste*.

Conocer todo, vivir todo... ¡qué aburrimiento! Como la mortalidad en la obra de Tolkien, la ignorancia es nuestro don tanto como nuestra maldición. La única felicidad pura es la de la inocencia. Después mordemos el fruto prohibido, abrimos la caja de Pandora y comenzamos a descubrir la vida. Vivimos en la paradoja de querer saber, aunque duela: saber no nos hace felices, pero no podemos renunciar a ello; nos puede la necesidad de averiguar. Crecer consiste en ir aprendiendo imperfecciones. Ser feliz, en saber que no importan.

Así, a base de ignorancia y curiosidad, vamos creando mundos nuevos.

*Parece que la versión original es en singular: Il y a un autre monde mais il est dans celui-ci. Ni idea de quién decidió pluralizarlo.

18 enero 2010

El karma

El otro día, hablando con unos amigos, alguien comentó una desgracia que le había ocurrido a un conocido común. Un segundo apostilló: "Eso es el karma". Como un tercero preguntara qué cosa era eso del karma (¿pero es que esta gente ni siquiera a visto My name is Earl?), el segundo se apresuró a contestar "que cuando haces cosas malas te pasan cosas malas". A todo el mundo le debió parecer una buena definición, porque nadie dijo nada, así que me vi obligado a intervenir para explicar que también "si haces cosas buenas, te pasan cosas buenas".

Dejando a un lado el que haya reencarnación de por medio o no -en la visión occidental no suele haberla-, me di cuenta por primera vez (lento que es uno) de que el karma es una versión del sistema de castigo/recompensa similar a la cristiana infierno/cielo. En este caso, con el infierno en la tierra. También me percaté de que la gente sólo se queda con la parte coercitiva, con el no te portes mal porque serás castigado.

Creo que es una idea representativa de la sociedad en la que vivimos, o tal vez de cómo es el hombre: parecemos necesitar una razón, a ser posible una fuerza externa que nos juzgue y castigue, para no dar por saco al prójimo. Es decir, que muchos irían haciendo mal a los demás si no temieran que tuviera alguna repercusión negativa sobre ellos mismos. Lo importante son las consecuencias de mis actos, pero, eso sí, las consecuencias sobre mí. Incluso me atrevería a aventurar que el otro lado de la moneda es posible, actuar bien únicamente esperando ser recompensado de alguna manera.

Lejos queda el hacer las cosas bien simplemente porque sea lo correcto, porque es lo que dicta tu conciencia, porque eres de ética kantiana y quieres que de tus actos se desprendan máximas universales. Buscamos unos latigazos o una zanahoria que nos lleven por el buen camino. Y si ya no creemos en el cielo ni en el infierno, por qué no traerlos a la vida diaria gracias al karma.

25 abril 2009

Revolución

Por alguna razón, la gente tiende a pensar que las injusticias, como la sabiduría, es algo que está lejos: en África, en América; como mínimo en el pueblo de al lado o en otro barrio de la ciudad. Por tanto, para combatir la injusticia hay que irse a educar a los pobres indios de Iberoamérica, a llevar comida a los negritos en el corazón de África, a poner paneles solares para que los nepalíes se duchen con agua caliente.

Parece que la cosa está siempre en la disyuntiva o no hacer nada o enrolarse en una ONG. O eres un maldito egoísta o socorres a los más necesitados. No voy a despreciar las loables acciones de la gente que gasta su tiempo y dinero en ayudar a los demás. Sin embargo, ésa no es la única forma de cambiar el mundo. De hecho, no estoy seguro de que sea una forma de cambiar el mundo, sino sólo (nada menos) pequeños parches en una sociedad enferma a muchos niveles. Para mejorar realmente hay que hacer una revolución desde abajo. Hay que combatir las injusticias desde el día a día. Hay que ser radicalmente bueno.

La verdad, no sé si el hombre es bueno o malo por naturaleza. Lo que sí sé es que los hombres malos han tomado las riendas de nuestra sociedad y nos han convencido de que para ascender hay que ser un hijoputa. Rebélate contra esa idea. Sé bueno con los que te rodean, derrocha comprensión y justicia hacia los que tienes bajo tu poder, no dejes que el cabrón de tu jefe se salga con la suya. Triunfa sin hacer concesiones al lado oscuro. Y si alguien te echa en cara no ayudar al mundo, confiésale que eres un infiltrado, que perteneces a un grupo secreto que está instaurando el bien desde dentro.

10 abril 2008

El módem contra Telefonica

No escribo demasiado por aquí (y menos en La Callecita). Lo siento, sobre todo por los de allí, a los que he dejado abandonados. Presento mi última excusa: llevo una semana sin acceso a Internet, manteniendo una desesperante lucha con el Servicio de (des)Atención al Cliente -con mayúsculas, ya es como alguien más de la familia- de Telefonica (sin acento, por supuesto).

La última batalla, aquella sí de proporciones épicas, fue en septiembre. Digna heredera del fregado de El Teleoperador con Jazztel, aunque no llegó a tales extremos, lo cierto es que estuve prácticamente un mes sin disponer de ADSL porque en cualquier momento la línea perdía sincronía, pudiendo durar la "incidencia" minutos, horas o días. Así que, para curarme en salud, cada vez que el LED de estado de la línea abandonaba el verde para ponerse a parpadear en naranja, llamaba a mis operadores favoritos y les informaba, con toda la inocencia del mundo, de lo que sucedía. Tras unas cuantas llamadas desesperantes en las que me pedían comprobar las cosas más absurdas (conexión correcta, que estén puestos los microfiltros, que no haya tocado la configuración) y yo juraba que todo estaba como el primer día (lo que no dejaba de ser bastante cercano a la verdad), pasé a la posición "de-vuelta-de-todo", en la que según descolgaba el teleoperador de turno, le soltaba una retahíla en la que descartaba todas las posibles causas ya descartadas. Entre tanto, fueron desfilando técnicos que se asombraban del mal estado de la línea, la cambiaban por otra libre, en igual estado según el siguiente técnico, o instalaban otra nueva. Como el problema era intermitente, con que en el momento de hacer su "actuación" el ADSL funcionase, lo daban por resuelto.

Así siguieron dando palos de ciego durante un par de semanas, hasta que a un lumbrera se le ocurrió que el problema podía ser del módem/router. Sí, el problema de sincronía era de un cacharro que llevaba años sin dar problemas y que todavía funcionaba cuando era capaz de conectar con la central. Cambió aquél maravilloso 3Com 812 por uno de los nuevos Zyxel (oye, al menos tenía red inalámbrica) y se fue tan pancho. Por supuesto, el problema persistió. Se solucionaría algunos días después cuando un nuevo técnico con experiencia de campo detectara un filtro RLC junto a la toma del teléfono -algo que se usaba hace veinte años para filtrar el posible ruido en las conversaciones- como el verdadero causante. Parece que acertó, porque desde entonces todo volvió a funcionar de forma normal. Es decir, con los habituales cortes en el servicio, las habituales bajadas en la tasa de descarga, etc.

Así hasta hace una semana. Aquella mala mañana de viernes el módem/router se negó a encender. Por la tarde la cosa seguía igual, así que llamé a Telefónica para solucionarlo. Me dijeron que yo me tenía que asegurar que el problema no era el alimentador o un pico de tensión porque en ese caso el problema no era suyo. Olé su gracia. Bueno, pues abro el cacharro y nada parece quemado; saco el voltímetro y compruebo que el alimentador ha cascado. Qué raro. Compro uno nuevo por mi cuenta, lo enchufo y, demonios, tampoco funciona. Vuelvo a llamar a mis amigos y les cuento que ya está descartado que sea un problema externo, que el router ha cascado definitivamente, y entonces me piden que yo envíe el aparato a un pueblo de Jaén (ya notaba yo algo familiar en el acento...) donde ellos comprobarán que no es un tema de alimentación y entonces y sólo entonces me lo arreglarán o enviarán uno nuevo sin costes. Y si resulta ser "culpa externa", además de todo me cobrarán el viaje.

Tócate los pies. O sea, que si tengo un problema en la línea de teléfono me cambian el módem porque pudiera estar estropeado (viene un técnico a casa y me lo instala y configura sin cobrar nada), pero si es seguro que el módem está estropeado, entonces no puede venir el técnico a sustituirlo. Tentado estoy de probar un nuevo enfoque, pero estoy hasta las narices de hilo musical en un 902 y decido pasar por el aro. A ver si cuando vuelva el módem me trae un aceite de oliva de recuerdo.

26 marzo 2008

Calles

Pues andaba yo buscando un cartel de una calle del que pudiera sacar provecho para la próxima (esperemos) inauguración de lacallecita.es cuando me he topado con esto:


¿Qué es lo primero que se te viene a la cabeza? A mí, sin duda, relacionar lo de la calle con las casas, la burbuja inmobiliaria y el precio de las hipotecas. En lugar de tener tu casa en una calle, vas a tenerla en una cuesta, y encima de las caras.

Luego resulta que no, que el sitio este está en Bélmez y el nombre es por "Las Caras" de ídem. Cosas veredes.

27 febrero 2008

Relato amarianado

Tras muchos años de relación se casaron porque les costaba imaginar la vida de otra manera, con despertares en los que el otro no estuviera, ellos que nunca habían estado muy predispuestos a firmar contratos, pero sobre todo porque esperaban un hijo y creían que así estaría más protegido y sí, también un poco por el qué dirán, todavía, la presión de la familia. Cuando nació Carlos habían decidido que ella dejaría su trabajo, al menos hasta que el niño tuviera edad para dejarle en una guardería, consideraban necesaria la presencia de los padres, o la madre, en los primeros meses, la lactancia materna mientras se pudiera. Él ganaba suficiente para vivir los tres y en cambio ella no había acabado de encontrarse a gusto nunca en ese gris trabajo de contabilidad, tan mecánico, tan desazonador.

Ahora ella se levanta tarde -todo lo que le permite el niño después de las molestas noches de duermevela en las que siempre se levanta ella, él dice que está cansado y se pone a roncar con una rapidez obscena-, cuando él lleva ya algunas horas en la oficina. Cuidar a un bebé es una tarea absorbente y fatigosa, pero al cabo de un par de semanas se empieza a acostumbrar, a entender y casi anticipar las necesidades de Carlitos, fíjate, se dice, tan pequeñito y frágil y dependiente y es ya una persona, mi hijo, salió de mí, qué cosa tan rara y hermosa y rara, y tiene nombre, Carlos, Carlitos, itos... Tiene mucho tiempo para reflexionar y también recupera la costumbre de leer, todos esos libros pendientes acumulados, y escuchar música, discos que ni recordaba que tenía y le emociona descubrir de nuevo cómo le conmueven y discos nuevos a un ritmo cercano al de su época de estudiante. Algunas mañanas sale a pasear con el cochecito por el parque, donde se encuentra con otras mujeres paseando niños, algo simples, de conversación superficial pero siempre alegre, es difícil no acabar sintiendo simpatía por ellas, tampoco ve a mucha más gente ahora, ya no salen los dos con los amigos. La comida y la cocina han vuelto a ser un placer al que dedicar horas, sin las prisas del mediodía entre el turno de mañana y el de tarde, y prepara con mimo la cena para los dos, innovando con recetas que ve en la tele, antes de los informativos, hacía mucho que no estaba tan al tanto de las últimas noticias y se ha vuelto una experta en política estadounidense. Incluso lleva días dándole vueltas a un relato, con lo que le gustaba a ella escribir hacía unos años, sólo un bosquejo y sin embargo vuelve a la misma idea un día tras otro, cada vez con una forma más clara; no es más que una fantasía que va tomando forma entre pañales, tetas, llantos, baños, compras y siempre esa tensión, esa preocupación; pero siente que un día puede agarrar la pluma como en aquellos tiempos y atacar una página en blanco. Se acuesta pronto, cansada y con un oído alerta, seguro que el niño no tardará en ponerse a llorar, y sin embargo satisfecha de dedicar los días por fin a cosas útiles, que le llenan, y sobre todo ese amor desmedido hacia el fruto de su vientre, la felicidad que va a desbordarla al verle sonreír.

Él, después de mal dormir durante la noche con los llantos del niño, los paseos de ella calmándole, una teta, otro pañal -y encima cuando por fin coge el sueño ella le da codazos porque dice que ronca-, se despierta a las siete, como siempre, para ir a trabajar. Tiene un trabajo que le gusta, con cierto equilibrio entre la técnica y la creatividad, y un jefe tan estúpido como tantos otros al que hasta ahora había mantenido a raya: era joven y podía permitirse comportarse como creyera conveniente aunque le costara el puesto, ya encontraría otro, alguna empresa que verdaderamente apreciara sus cualidades. No obstante, desde que regresó de su permiso de paternidad tiene otras dos personas a su cargo, que dependen de lo que él gane cada mes -algo tienen guardado, pero hay que pagar la hipoteca todos los meses, y los gastos del niño son mayores de lo que habían pensado y eso que aún ni va a al colegio, espérate unos añitos, a ver si le suben el sueldo porque así no hay manera de ahorrar, a saber qué pasa con las vacaciones este año, ya verás, otra vez con sus suegros-, se dio cuenta de esto cuando al terminar su jornada cogió la chaqueta como había hecho hasta entonces, había cumplido su horario, qué importaba que los demás siguieran en sus cubículos, y su jefe le miró con reproche meneando la cabeza, también como siempre, con efecto por primera vez. Cada día se queda un poco más, permanece en su sitio navegando por Internet hasta que empiezan a marcharse sus compañeros, dentro de poco será el último, espera que el jefe se dé cuenta y lo valore en el próximo ascenso, ya que parece incapaz de distinguir el trabajo bien hecho y no digamos el tenerlo a tiempo. Por no mencionar las horas extra. Llega a casa cansado, con ganas de ver a su mujer y a su hijo, pero con poco cuerpo para fiestas, cena y poco después se mete en la cama, donde se suele quedar dormido mientras intenta pasar del segundo capítulo de la última novela de Pérez-Reverte.

Pasan poco tiempo juntos, poco más de tres horas al día y los fines de semana, y cada vez disfrutan menos de la compañía mutua, gastan el tiempo haciéndose reproches, aun las cuestiones más insignificantes, todo parece convertirse en una batalla. No recuerdan cuándo fue la última vez que salieron al cine, a cenar, a tomarse unas copas mejor ni pensarlo, sus amigos sólo pasan de cuando en cuando a ver cómo le va a la parejita y hacerle monerías al pequeñajo y se van con los precipitados planes noctámbulos de toda la vida. Ella deja de esforzarse en preparar la cena, cualquier cosa vale, él se lo come igual, no quiere protestar también por eso, hasta que un viernes se va a tomar unas cañas a la salida del trabajo con sus compañeros y vuelve a casa a las tantas, algo bebido, y se encuentra la cena fría, servida sobre un plato, sin una nota siquiera, como una admonición; hace unos meses eso no habría pasado, piensa, ella me habría esperado despierta, eso lo entiendo que no lo haga, pero una nota, habría dejado una nota con una frase cariñosa y un guiño. ¿Cuándo fue la última vez que la vi reír?

Una noche ella le dice que no reconoce en él al hombre del que se enamoró, que se ha vuelto un cascarrabias, un tipo gris sin ninguna alegría, ya no le hace reír, y además se está quedando calvo: quiere el divorcio. Él lo entiende, también echa de menos a aquel joven lleno de energías y proyectos y confianza, bromista, despectivo con los que vivían para trabajar, y ya no tiene fuerzas para luchar, así que se va de casa, no puede soportar seguir cerca de su mujer mientras ella se le aleja.

El acuerdo le quita más, mucho más de la mitad de su sueldo y le impone un régimen de visitas que haría llorar a un preso, tan fuera lo quiere ella de su vida y tan poco quiere él pelear. Con lo poco que gana y la poca dignidad que le queda busca un lugar donde dormir y alguien que le devuelva las ganas de vivir.

14 diciembre 2007

Iniciación a la lectura

Hace unos años, cuando ya tenía un libro entre mis manos –un antiguo libro de tapas duras- cuando ya había llegado al nudo, a la parte interesante, tuve que dejarlo temporalmente para centrar mi atención en un encargo del colegio, una novela moderna que nos había mandado leer la profesora de lengua.

En el momento en que volví al primero, al libro antiguo de tapas duras encuadernado en cuero, éste me reprendió con acritud:

- Mira, ya me parece mal que te pases el día mirando con deseo cada clásico que se te cruza, que ojees los libros de otros, y soporto que coquetees continuamente con periódicos y revistas, pero que en mitad de nuestra relación te vayas con otra novela es algo inadmisible.

- No es lo que parece. No es lo que estás pensando.

- Claro, y yo soy tonta. ¡Que no fui impresa ayer!

- Es evidente que he estado con otro libro, pero entiéndelo, yo no quería, me obligaron. Yo estoy mucho más a gusto contigo que estás hecha al hombre, a sus gustos y a sus manías. La otra novela, en cambio, acababa de salir de la librería...

- Así que –cortó el libro antiguo de tapas duras encuadernado en cuero con el título en letras doradas- encima te vas con una más joven que yo.

- No. Bueno, sí. No exactamente. ¿Qué importa la época? Aunque si te consuela, tú eres mejor, disfruto mucho más con tu lectura.

- No, no me consuela. Y no soporto que me hayas sido infiel. Creo que lo mejor será dejarlo por un tiempo.

Era una novela de carácter, desde luego. Sin embargo, yo no estaba dispuesto a prorrogar nuestra relación por más tiempo, así que aquella misma tarde terminé con ella.

Durante la semana siguiente estuve demasiado atareado con los estudios como para leer. Al final cayó en mis manos un libro que había leído no hacía tanto, algo pedante, pero que me había gustado mucho:

- Últimamente te veo un tanto alicaído. Si quieres te puedo presentar una novela, vieja amiga mía, compañera de estante en la librería. Es muy simpática e hilarante. Creo que te subirá el ánimo.

Al día siguiente me encontraba con una edición reciente de una disparatada comedia de Mendoza. El libro estaba a estrenar, inmaculado y, claro, como todos los libros nuevos, se encontraba demasiado rígido y le costaba mantenerse abierto por la página. Es más fácil manejar libros que ya se han leído unas cuantas veces. La ventaja de los libros de biblioteca: están algo manoseados y precisamente eso facilita las cosas. Por no mencionar lo maravilloso de poder elegir entre un extenso catálogo sin compromisos, no como cuando compras un libro y te sientes obligado a leerlo entero aunque no te esté gustando.

- Tengo que confesarte que es mi primera vez- dijo una vocecita aguda.

- ¿Qué?- pregunté algo desconcertado.

- Que nunca antes había sido leída. Siquiera hojeada, como casi todas mis compañeras.

- Oh, no te preocupes, no es la primera vez que estoy en una situación parecida. Intenta relajarte, que todo irá bien.

- No sé si estaré a la altura.

- Por ahora vas muy bien: tienes un planteamiento original, algo surrealista, y me estoy divirtiendo mucho. Pero intenta dejar de temblar, que me cuesta leer así.

No deja de tener cierto punto saber que nadie ha tocado ese libro antes.

En ocasiones recaigo en novelas que ya he leído. Un encuentro casual, salta el recuerdo de los buenos tiempos compartidos, y me empiezo a preguntar si será como aquella vez, si sentiré lo mismo que hace cinco años, si realmente sería una experiencia tan maravillosa o ahora, más curtido, con más mundo, más vivencias, se convertiría en una lectura del montón. Alguna vez ha pasado. Con otras, en cambio, la comprobación ha supuesto una mejora: los detalles buenos que recordaba seguían allí y además descubrí algunos nuevos, incluso mejores, por los que anteriormente había pasado sin fijarme o sin ser capaz de verlos.

En cualquier caso, no sé cómo lo hago, pero no me duran nada los libros. Aunque puedo pasar algunos días sin literatura, en seguida me gana el mono y acabo leyendo lo primero que encuentro en la estantería. Un par de tardes, alguna noche si la cosa se pone muy interesante, y adiós. Durante el curso todavía aguanto algunas semanas, incluso meses, con el mismo; supongo que porque apenas nos vemos. Pero es que durante las vacaciones, en especial en el verano, se convierte en un desfile de títulos, sin apenas descompresión entre uno y otro. Todo el día en la playa tirados, sin más compañía que el sol y el murmullo del mar, sin más pertrechos que una toalla y un bote de protector solar, ensayando nuevas posturas con las que evitar que se duerman las extremidades, tan solo interrumpido por algún chapuzón cuando me acaloro demasiado. En esas condiciones extremas puedo llegar a leer cuatro o cinco novelas a la semana.

Ahora mismo, sin embargo, sin saber muy bien cómo ni por qué, me hayo en un laberinto de lecturas cruzadas del que no sé si seré capaz de salir con buen pie: a principios de curso comencé Octubre, octubre, tras cuatro capítulos empecé El jarama, pero ese mismo día fui a la Fnac y me compré A Long Way Down y The Picture of Dorian Gray. El primero sucumbió de inmediato, el segundo fue abandonado con sólo unas pocas páginas leídas al reencontrarme con High Fidelity en la estantería de un amigo. Para rematar la faena, por mi santo me regalaron Un día de cólera, con el que estuve dos noches, y Tu rostro mañana 3. Verano y sombra y adiós, que no he llegado a abrir, pues la semana pasada tuve un flechazo con una edición de bolsillo de In the Country of Last Things. Cuando acabe con Paul Auster, ¿cuál debería retomar?

26 septiembre 2007

Mis cincuenta céntimos

Temprano fui a mi nueva quiosquera (el habitual cerró el chiringuito hace un par de años y desde entonces he dejado de comprar periódicos y revistas en los quioscos) a adquirir Los lunes al sol por unos módicos cincuenta céntimos. Junto con el DVD me dio un nuevo diario que se estrena hoy, Público, dirigido por Ignacio Escolar. Parece que hice bien, porque a mediodía ya no había forma de encontrarlo.

Tras un concienzudo vistazo por encima he desarrollado algo parecido a una opinión, o al menos una serie de observaciones al respecto:

No me ha gustado la portada. Demasiado espectacular la noticia principal y un pequeño hueco al posible avistamiento de Madeleine, algo que en el interior no merece ni un cuarto de página. El resto de selecciones, correcto y con un diseño atractivo. El problema de la portada se perdona por la posibilidad de empezar a leer el periódico por la contraportada, donde empieza la sección de Deportes, método para leer el periódico que empleo desde hace años. Empezar por atrás, no por Deportes. (Por si a alguien le interesa, mi recorrido suele ser contraportada, Opinión, Nacional-Local-Sociedad -del tirón y parando en lo que encuentre interesante-, Deportes, Radio y Televisión y entonces, sólo entonces, al cerrarlo, antes de abandonarlo leo los titulares de portada.) Y resulta un doble acierto que la sección de Deportes vaya al revés, pues así el lector que llega desde el interior del periódico se encuentra primero con "los otros deportes" y después el fútbol.

El tratamiento de la información ha sido bastante correcto, aunque de nuevo algún titular me ha chirriado en su búsqueda de lo llamativo y la informalidad. Al menos los textos de las noticias eran menos aburridos que la media a la que nos tienen acostumbrados sin perder rigor por ello. Otro acierto ha sido la sección de Ciencias, a pesar que sea a base de meter en el saco Medio Ambiente, Salud y Tecnología, y dentro de esta última videojuegos. No me voy a quejar de que se le dedique una página en un diario nacional a la salida de Halo 3; sin embargo, más atrevido aún habría sido incluirlo en Culturas. Sección que, por cierto, también ha ganado mi corazoncito con una hoja de música en la que se habla de PJ Harvey, Radiohead o Jet Lag y otra de cine presidida por la adaptación a la pantalla de Watchmen.

Hay firmas interesantes, y más que seguramente veamos a lo largo de la semana. Mención especial para los viñetistas, entre los que se encuentra el genial Mauro Entrialgo.

En cuanto al diseño, no puedo dejar de encontrarlo atractivo, aunque todavía tengo que vencer mis prejuicios contra los poco serios periódicos de colorines. Imagino que el despiste de poner la parrilla de televisión de ayer es una tontería que no volverán a cometer.

Las reacciones de otros medios no se han hecho esperar. El País informa en un artículo sin firma de la aparición del nuevo periódico con un "precio inicial de 50 céntimos, una tarifa que le sitúa a medio camino entre los periódicos grautitos y los de pago". O sea, que es un periódico medio gratuito. Como los que te dan en el metro pero cobrándotelo.

Valoración global: mañana me compro el siguiente DVD.

06 agosto 2007

Sentimental

El primer día de carrera me sentía asustado y expectante por lo que se me venía encima. También me atenazaba la timidez con mi miedo al ridículo. Por lo general siento respeto hacia los profesores, como hacia cualquier otra persona antes de que me demuestre lo contrario. Durante el curso hay días en los que me siento abrumado por la carga de trabajo. Ante ciertos exámenes me siento nervioso, con un cosquilleo en el estómago; con otros, indiferente, o directamente pesimista. Sin embargo suele predominar la sensación de seguridad, de tener todo bajo control.

En los días malos, a pesar de mi ateísmo, no me siento muy católico. En cambio hay otros en los que me noto en armonía con el universo, optimista, alegre. Sí, a veces me deprimo. Otras me siento orgulloso de ciertos seres humanos. En ocasiones tengo unas jaquecas inexplicables, con una fuerte presión detrás de los ojos, y siento que la cabeza me va a estallar.

Mis amigos me transmiten confianza, tranquilidad. Hay chicas que me excitan, que me hacen sentir placer, que podrían causarme celos. O amor, claro. No suelo destilar odio hacia mis congéneres, aunque sí albergo resentimiento hacia alguno de ellos, que se suele quedar en desprecio. Sólo los más capacitados son capaces de enfadarme, no por mucho rato. Apenas recuerdo lo que eran la ira y la furia.

Me encanta sentir la arena de la orilla bajo mis pies, el sol acariciando la piel, la sensación de paz al mecerme con las olas entre el cielo y la mar. Disfruto de la melancolía de una tarde de lluvia. En algún momento he sentido la angustia del vacío interior. Me siento frustrado cuando se me ocurre la réplica brillante cinco segundos después.

Pero nunca, nunca, me he sentido español.

Nota: este artículo se publica simultáneamente en La Callecita.

12 junio 2007

Malditos festivales

Hasta las narices de tanto festival. Llevan años proliferando como setas y a estas alturas incluso Villarrebuznos de Abajo tiene su propio fin de semana en el que tocan las grandes bandas del momento. Y claro, como ahora lo "indie" es lo que está de moda, puedes acabar de músicos independientes y poperos hasta la coronilla. Hemos pasado de unas pocas citas en las que se reunía lo mejorcito del año más alguna vieja gloria a una oferta desbocada, llena de carteles atractivos pero que no acaban de redondearse. Lo cual ha llevado a una guerra de precios realmente salvaje de la que los músicos sacarán una buena talegada, pero que irremediablemente repercute en los bolsillos que pagan esto. Básicamente, los nuestros. Sin embargo, confío en que sufrirán también los especuladores organizadores de buena parte de estos eventos, de forma que el mercado termine por regular esta carrera sin control haciendo cumpir sus leyes: los más débiles se quedarán en el camino y los grandes lo aprovecharán, iniciando de nuevo una hegemonía de unos pocos (que pueden llegar a ser una cantidad considerable). Una oferta asumible por el público.

Pero el problema no es únicamente la sobreabundancia de festivales. El problema es todo lo que implica. Para empezar, el mismo concepto puede resultar un tanto decepcionante: crees que vas a ver a tus grupos favoritos tocando unos detrás de otros y, vale, sí, puedes hacerlo, aunque en conciertos que muchas veces no llegan a la hora, rodeado de una cantidad indecente de personas (con lo que no tienes más remedio que seguirlo por las pantallas) y, en el peor de los casos, con un sonido pobre. Como encima les suelen pagar una riñonada (al menos a los cabezas de cartel de cualquier festival de mediano tamaño), mucho más de lo que exigirían por caché en una actuación normal, los grandes grupos renuncian a una gira normal por salas o estadios en favor de una única actuación de duración reducida en medio del verano. Y ahí sí que perdemos todos, especialmente los seguidores de algunos grupos. ¿Cuándo vendrá Arcade Fire de gira por esta península? ¿Por qué Wilco no nos va a deleitar en las salas con su nuevo disco? ¿Y qué pasa con...? La lista se hace interminable

Por mí se pueden ir todos a la mierda. Quiero ver en conciertos de verdad, de al menos dos horas, a los White Stripes, a Clap Your Hands Say Yeah, a PJ Harvey, a Kings of Leon, a las Pipettes... por citar algunos de los casos más sangrantes de grupos que (que yo me haya enterado) no han venido por estas tierras a presentar sus últimos trabajos en condiciones. Viendo el panorama, este año me voy a pasar el momento álgido de la temporada festivalera en tierras escandinavas, no vaya a entrarme la tentación y me olvide de mis palabras. Eso sí, para el Sonorama espero estar en la meseta castellana.

05 junio 2007

Los años no pasan en balde

Hoy me he dado cuenta de que estoy dejando de ser un jovenzuelo sin moral para adentrarme en el mundo de los adultos: he sido incapaz de tirarme a la piscina y me he tenido que meter poco a poco como una señora, como un viejo, como... como mi madre.

28 abril 2007

Una de las dos Españas me ha helado el corazón

Últimamente leo "demasiada literatura de izquierdas" (Juani dixit). El comentario venía a raíz de la última novela leída, El corazón helado, de Almudena Grandes, y mi acalorada identificación con la causa republicana. Tampoco acabo de ver el problema. Una gran generación de españoles (posiblemente la mejor de la Historia), todo un mundo de posibilidades que comienza, millones de esperanzas, todo, destrozado por la Guerra Civil. Uno de los momentos culminantes del siglo XX en nuestro país, lleno de luces y sombras que aún podemos percibir de forma directa, pero no por mucho tiempo, pues cada vez queda menos gente que viviera aquello: una época terrorífica y grandiosa, de pasiones desatadas, donde la gente moría por ideas. Cómo no encontrarlo atractivo.

El libro, precisamente, tiene su epicentro en los años de la guerra, aunque abarca desde las décadas anteriores hasta nuestros días, narrando la historia de dos familias a lo largo del siglo, una de exiliados en Francia, otra de "vencedores" en Madrid, que por supuesto están más relacionadas de lo que parece. Aunque no se centra tanto en la política como en la moral individual, las elecciones clave que deciden el curso de una vida o incluso las de otros. Los rojos son mucho más nobles que el común de los nacionales, claro. Y qué. Estamos ante un homenaje a los perdedores, a "los auténticos parias de la Tierra":

todos nos dejaron solos, todos nos abandonaron y nada nos salió bien

Sí. Abandonados por su Gobierno, por los gobiernos europeos que deberían defender la democracia, traicionados por su propio bando en purgas internas, recibidos en el exilio como asesinos y no como adalides de la libertad. A pesar de ello, muchos ayudaron a combatir el nazismo en Europa y como recompensa a su sacrificio obtuvieron una nueva traición: dejar a Franco en el poder, desentenderse de nuevo de los problemas españoles:

La traición es la ley, la norma de mi vida. Vivo para ser traicionado. Me levanto y me acuesto, como, respiro, lucho, me juego la vida para ser traicionado una y otra vez, de frente y por la espalda, por los amigos y por los enemigos, en mi país y en el extranjero, porque la traición es la ley, la realidad, la única norma...

Resulta un alegato la mar de eficaz: ha conseguido que empatice y me emocione... hasta llorar como un gilipollas en más de una ocasión, humedeciéndome los ojos muchas más. Con lo extenso que es, da para mucho.

Si el libro peca de algo, quizá sea de ambicioso. No tanto en lo estilístico, que lo es pero con un resultado notable, sino en la propia estructura argumental: se va intercalando la trama actual de los hijos y nietos con la historia de los abuelos, dosificando la información de forma que mantiene el interés y los dos tiempos se complementan para aclarar los detalles poco a poco desde ambos frentes. El problema es que uno acaba con la sensación de que le están cicateando los datos esenciales, pues todo está narrado en pasado con alguna mención a las consecuencias finales que los hechos tendrán; muy bien, un planteamiento muy digno, perfectamente comprensible que la magnitud de las revelaciones vaya in crescendo. Sin embargo, tras unos cuantos cientos de páginas llega el momento en que parece que por fin se van a soltar "las verdades: las bárbaras, terribles, amorosas crueldades" y... no. Nuevo salto temporal y a la vuelta tampoco toca, todos actúan ya sabiendo el gran secreto, todos salvo el lector, al que le queda lo menos otro centenar de páginas para que le cuenten qué demonios ha pasado. Lo cual para los más impacientes desemboca en una lectura en diagonal, saltándose toda la "morralla" para ir a por la acción y poder saber. Algo que deja a las claras lo absorbente que puede llegar a ser.

A pesar de sus defectos sigue siendo una novela altamente recomendable, emocional y profunda. Qué más da que no finja imparcialidad. Sin salir de Celaya: "maldigo la poesía de quien no toma partido hasta mancharse". Pues eso.

23 abril 2007

Ellas y yo

No las buscaba, no corría detrás de ellas, no las invitaba en los bares ni las perseguía de semáforo en semáforo. Siempre me habían parecido una especie de don, un bien extraordinario que flotaba muy por encima de mi cabeza y de vez en cuando se derramaba sobre mí sin que yo hubiera hecho nada para merecerlo. Jamás he creído merecer la predilección que algunas de ellas han mostrado por mí, aunque sólo sea porque siempre me ha parecido también que, aparte de hermosas, divertidas, suaves, dulces y excitantes, las mujeres son muy raras. Nunca he perdido el tiempo en desentrañar el misterioso mecanismo de sus razonamientos, ni he dudado jamás de que son ellas las que eligen, así que me he limitado a verlas venir, sin lamentarme por las que no están a mi alcance ni considerar que su diposición es un valor en sí mismo, aceptando su existencia como un regalo, con gratitud y sin hacer preguntas.

Almudena Grandes, El corazón helado.

10 abril 2007

Los libros arden mal

Esta semana santa, cuando Juani me dejaba tiempo para dormir y hacer mis cosas, he tenido la oportunidad de leer el último libro de Manuel Rivas, autor que he tenido en gran consideración desde que El lápiz del carpintero se ganó mi corazón con sus historias sencillas y su prosa evocadora.

Prosa que en Los libros arden mal estalla en una infinidad de voces diversas, puras, poéticas. Si siempre había tenido al gallego como uno de los prosistas más líricos de la lengua española (aunque escriba en su lengua materna), aquí da el do de pecho y entrega una obra monumental, pantagruélica; un banquete literario al que asistimos siendo conscientes de sus desproporcionadas dimensiones y, al mismo tiempo, temiendo encontrar el final. Sus más de 600 páginas se quedan cortas. Quizá, salvando las distancias, como en El Señor de los Anillos de Tolkien: la historia épica, que a ratos tememos interminable y sin embargo nos deja con la sensación de que podría haber continuado al menos otras mil páginas, tan llenas están de vida. O como Cien años de soledad, por acercarnos un poco más.

En este caso la historia gira en torno a la ciudad de La Coruña y una miríada de personajes a lo largo de más de cien años de historia. La lavandera, el grupo de jóvenes que se reúne en el ateneo, falangistas que ocuparán diversos cargos públicos, músicos, escritores, pescadores, campesinos, prostitutas. El hecho que marcará las vidas de todos ellos será, inevitablemente, la Guerra Civil, cuya cumbre, en lo que a "la historia dramática de la cultura" se refiere, tiene lugar la noche del 19 de agosto de 1936, cuando miles de libros son quemados por los falangistas.

Podría seguir alabando el libro durante horas y horas, pero me temo que acabaría desvelando aspectos de la trama. Y es algo que, sin que sea lo más importante, pues lo fundamental es cómo van sucediendo las cosas y cómo son contadas, no deja de ser relevante. Y muy molesto que te lo destripen. A quien estas pocas palabras le hayan despertado un mínimo gusanillo, que no dude en hacerse con él. Obra maestra.

03 febrero 2007

Diario de navegación

Parece mentira, pero ya hace un año que me embarqué en esta cáscara de nuez y aún sigue a flote. Incluso incorporando nuevos tripulantes en algún que otro puerto, aunque sean silenciosos y apenas se dejen notar durante la navegación. Supongo que eso quiere decir que son un buen grupo que no se distrae en el trabajo. Guardan toda la algarabía para cuando bajamos a tierra, causando estragos por dondequiera que pasamos, dejando un rastro de bellas mujeres con la mirada perdida en el mar.

Sorprendentemente, el casco sigue en buen estado, más allá de las algas y crustáceos inevitables tras un año en la mar. A pesar, también, de que hace un par de días el fondo rozó de forma completamente inesperada con un arrecife que algún hideputa se olvidó de marcar en la carta de marear. Tal vez sea la ocasión perfecta para ir a dique seco y calafatearlo y darle una manita de pintura.

Al menos parece que el rumbo empieza a estar claro: dejarse llevar por los alisios hacia el norte. De momento hemos enviado una avanzadilla para investigar la situación por la zona de Flandes y, si la información resulta provechosa, seguramente hagamos una internada en tierras francesas para San José.

El mar. La mar.
El mar. ¡Sólo la mar!

Rafael Alberti.

06 octubre 2006

El ritmo del juego

Una tarde de finales de verano. Acabo de salir de un examen de la asignatura x de una Ingeniería en Pito del Sereno. El ejercicio era tan aburrido que hasta el profesor daba descomunales bostezos con cadencia rítmica: un infierno de geometrías retorcidas, integrales triples, laplacianos y demás ralea en la que nada se simplificaba. Había intentado estudiar, pero los apuntes eran tan plomizos que me entró la típica irrefrenable vena literaria de los días de estudio: tenía cientos de cosas de escribir y cada vez que levantaba la vista de la mesa encontraba un montón de libros interesantes que leer. A trancas y barrancas conseguí avanzar por el temario hasta el día del examen. No iba con una excelente preparación, aunque sí con unos conocimientos suficientes para aprobar sin problemas. O eso creía.

Aquellas cuatro hojas eran una tortura. Tres horas escalando el K2, asegurando punto a punto, notando cada vez más la falta de oxígeno. ¿Desde cuándo era ése el centro de mi vida? ¿En qué momento la lectura, la música, la conversación han pasado a ser algo secundario? ¿Para qué coño quería ser ingeniero? Al menos cinco años de dura carrera para llegar a un duro mercado laboral con sueldos a la baja. ¿Y para qué? ¿Para qué?

Salgo de la Escuela hundido, con la sensación de estar atrapado en una vida absurda. Sin ambargo, parece que nadie se ha dado cuenta aquí fuera. Es más, diría que al responsable se la ha ido la mano con la paleta de colores: el cielo azul intenso, completamente despejado; árboles frondosos de un verde brillante; hasta el ladrillo de los edificios parece más naranja que de costumbre. El sol roza cálidamente mi piel. Sí, aquí fuera es verano. Me enchufo los cascos intentando encontrar la respuesta a mis dudas en una canción, pero hoy ni eso es consuelo.

De un parquecillo lateral surge una chica que camina unos metros por delante de mí. Lleva blusa azul y una ligera falda blanca larga. Camina, y con cada paso de su cimbreante cadera la falda se sacude, oscilando suave y firmemente. Un, dos, un, dos. Su falda marca el ritmo de la música, del murmullo de los árboles. Todo el mundo, durante unos segundos mágicos, late en armonía al ritmo de sus caderas. No hay más preguntas.

11 septiembre 2006

El regreso

Sé que os he tenido completamente abandonados desde hace más de un mes. Unas veces por imposibilidad, otras por desidia, otras por tener asuntos más urgentes que atender, el caso es que no publico nada desde principios de agosto. Pero ya me reincorporo.

Empiezo anunciando la creación de un nuevo blog, abierto a la colaboración de otros indeseables, dedicado al egregio Juanjo Sáez:

No es nada personal. O sí. Este verano, tuvimos la suerte de conocer el trabajo del reputado dibujante underground de la escena barcelonesa gracias a su participación el la Revista de Agosto de El País. Durante todos y cada uno de los 31 días del mes, gasté unos segundos de mi tiempo en la viñeta de Juanjo Saéz. No empezó con muy buen pie, pero no perdí la fe y, cada uno de esos días, esperé encontrar algo mejor. No era humor, no era inteligente, no ofrecía una prespectiva perspectiva distina, no hacía reflexionar. ¿De qué rayos iba aquello?

La respuesta, intentaremos encontrarla poco a poco.

16 junio 2006

Verano

Últimamente no tengo "tiempo ni dinero, ni huevos, ni sentido del humor" para sentarme a escribir. Bueno, dinero y ganas sí que hay, lo que escasea es el resto. ¿Alguien tiene media docena de huevos?
Para disimular un poco y celebrar tan magna fecha tiraremos de hemeroteca, publicando uno de esos grandes éxitos de ayer y hoy, nunca antes publicado en Internet. El relato tiene más de dos años, pero es de los pocos que leo después de un cierto distanciamiento y no me arrepiento de cada coma, cada adjetivo, cada oración adversativa. Sólo de unas cuantas. También encuentro un par de frases que podrían tener cierto valor. Al turrón: señoras y señores, con todos ustedes:

Verano

Aquel año el verano había empezado pronto. Allí estaba él, con unos pantalones que se le pegaban al cuerpo a causa del sudor y que no podía evitar pisar al andar. Había salido por aquel barrio con la ilusión de encontrarla y fingir un encuentro casual. Le había costado grandes esfuerzos llevar a la pandilla hasta allí y por eso, cuando decidieron irse a otra parte, él, que ya había perdido la esperanza de verla, dijo que no, que se iría casa, que no se encontraba bien. Y era cierto: tenía un nudo en el estómago, y una profunda desazón en el corazón, que latía de forma irregular.

El eco de sus pasos en la noche madrileña era su única compañía. Siempre le había gustado caminar, y aquella calidez de los primeros días de junio invitaba a disfrutar de la noche. Su pensamiento voló lejos, hasta imaginar qué hubiera pasado de haberla encontrado. Inconscientemente, aceleraba la cadencia de zancada. Hola. Hola ¿qué haces tú por aquí? Pues es que había venido con unos amigos por aquí a tomar algo y tal... pero al final se han cansado y yo... eh, bueno, el caso es que he decido volverme a casa... No le iban a dar un Nobel por semejante disertación, pero era mejor que quedarse callado, como la última vez.

Últimamente siempre había una última vez de la que arrepentirse. Arrepentirse, no de lo que había hecho o dicho, sino de lo que había dejado de hacer o de decir. Y entonces se repetía que la próxima vez no podía cometer el mismo error, que, aunque fuera una estupidez, tenía que decir algo… ¿Qué haces por aquí? Es que habíamos venido buscando un bar para tomar algo, pero no hemos encontrado el que pretendíamos y los demás se han ido para otro lado y yo me he vuelto a casa. Aquello ya iba teniendo algo más de sentido. No era una virguería lingüística, pero al menos no estaba plagada de inconexiones.

Era increíble la capacidad de aquella chica para desconcertarle. Cierto que nunca había tenido una gran facilidad de palabra, pero es que su sola presencia le hacía temblar de la cabeza a los pies y le entorpecía la lengua como un frío polar; en su mente, de natural racional, las ideas entrechocaban y rebotaban, confundiéndose, saturándola, haciendo imposible expresar cualquiera de ellas, pues no había forma de distinguirlas. Solo al cabo de un rato conseguía ordenarlas y ver que sí, que tenían sentido, y que no, no eran tan absurdas. Al menos, no tan absurdas como quedarse mirándola, fijamente, sin abrir la boca, después de estar todo el día deseando que se acercara para poder entablar conversación sin levantar sospechas. ¿Sospechas? ¿Qué sospechas? ¿Y qué si sospechaba? Pues mejor. Es más ¿Cómo podría ella no imaginar nada? Aquella fijeza en la mirada, aquella predisposición a realizar todos sus deseos, aquella forma de quedarse callado, tan diferente a las demás… ¿Sería ella capaz de percibir estas sutilezas? Le sonaba haber leído algo acerca de “la química del amor”; todas aquellas moléculas por ahí pululando tenían que ser percibidas por la persona que las provocaba de alguna manera; aunque fuera algo muy primitivo, casi animal. Y si no, siempre quedaba el instinto femenino, aunque eso sí que escapaba completamente a su comprensión de hombre. “Hay que ser muy cínico para no enterarse cuando le gustas a alguien”, había oído alguna vez. ¿Quién lo había dicho? Quizá fuese en una película… ¿Qué haces tú por aquí? Buenas noches. Estoy aquí porque había venido a tomar un tentempié con unos amigos en un sitio cercano, pero ellos han decidido irse al centro y, dado que a mí no me apetecía, estaba volviendo a casa dando un paseo…Vaya, el discurso navideño del rey era más divertido.

A decir verdad, su vida en general era bastante aburrida: sin sorpresas, sin grandes emociones… sin actividad apenas: su mayor ocupación era permanecer ocioso. Los días iban deslizándose lenta y dolorosamente, dejando un rastro de baba de caracol a su paso. Hasta que llegó ella. Entonces los días adquirieron sentido. Valía la pena salir de la cálida inconsciencia de la cama para enfrentarse al frío mundo exterior, porque allí vivía ella. Se dio cuenta de que él solo no podía conseguir todo lo necesario, todo lo que quisiera, porque precisamente lo único que de verdad necesitaba estaba fuera, en el lugar donde habitan el resto de las personas. ¿Cómo podía haber estado ciego tanto tiempo? Hacía años que se había encerrado en sí mismo, dispuesto a prescindir del contacto con la gente: no se podía confiar en ellos. Había entrado en su cabeza, atrancado la puerta y cerrado con llave. De vez en cuando se asomaba por la ventana para comprobar el estado de las cosas. Y ahora que quería salir, no encontraba la llave. Había olvidado cómo tratar con la gente, cómo mantener a flote una conversación. Naufragaba irremisiblemente en aquella tarea. Por eso en esta ocasión no podía volver a fallar... ¿Qué haces tú por aquí? Pues había salido a tomar unas tapas, en principio por aquí cerca, pero luego los demás han decidido irse a otra parte y yo, como no tenía un duro, me he vuelto. Aquello estaba bastante bien: sin muchas complicaciones, correcto, concreto... ¿No sería demasiado concreto? Tal vez no estuviera de más explicarse con mayor profundidad.

Desde luego, algo había obviado en su alocución hasta entonces: la sinceridad. En ningún momento había intentado expresar sus verdaderas motivaciones: no volvía a casa porque los otros se fueran a ir lejos, ni porque, cosa extraña, anduviera sin dinero. No. Regresaba porque, realmente, la única razón para salir de casa aquella noche era encontrarla a ella, poder contemplarla otra vez, embriagarse con su aroma, sentir aquel vértigo tan parecido a la felicidad... Pero todos estos posibles placeres habían desaparecido del horizonte. Solo quedaba regresar a casa y consolarse con sus recuerdos. ¿Qué haces tú por aquí? Te estaba buscando, contestaba él con voz grave mientras desplegaba una sonrisa seductora, irresistible. Ella no tenía más remedio que bajar la vista, azorada. ¡Oh, qué hermosa estaba cuando adoptaba aquella actitud del niño que ha sido sorprendido en una travesura! De pronto, el relámpago de una resolución cruzaba sus ojos, y se acercaba hasta él: pues aquí me tienes, y se acercaba más, tanto que él podía sentir su pulso, y lo miraba con picardía pero con dulzura y...

El bocinazo del coche le devolvió a la realidad. Ni él era un galán de Hollywood, ni aquello era una película sino en su cabeza; ella estaba a años luz de arrojarse en sus brazos.

Abstraído en sus elucubraciones, no se había fijado en el camino que tomaba. Sin embargo, a pesar de algunos rodeos, sus pasos le habían llevado a la calle de aquella en torno a quien giraba su pensamiento. Titubeó antes de decidirse a entrar. Era una calle igual que las aledañas, con sus aceras grises, casas apiñadas, pintadas todas de modo uniforme, coches a ambos lados. No se veía un alma. Podía tomar ésta como podía tomar la siguiente, o la anterior. ¡Qué demonios! Ya que había ido hasta allí, continuaría por la misma ruta. Haciendo sus vacilaciones a un lado, reanudó la marcha.

Los números iban aumentando lenta y cautelosamente. Nueve, once, trece... Desde la acera de los pares, vigilaba con recelo el otro lado. Quince, diecisiete, diecinueve... Ya se acercaba al final de la calle. Veintiuno, veintitrés... Por fin vio el ansiado portal. Lo miraba con cierta veneración. No dejaba de tener algo místico aquella cavidad oscura frente a la que había pasado tantas veces sin llegar a adentrarse. Lo miraba y se imaginaba a sí mismo saliendo, alegre, o despidiéndose de ella tras acompañarla a casa.

Por absurdo que resulte, buscaba algún indicio de que ella hubiera regresado ya. No sabía en qué piso vivía, así que fijarse en las luces no servía de nada. En cualquier caso, podía certificar que no estaba asomada a ninguna ventana, pues la habría visto. Se le ocurrió pensar que, como en el palacio de Buckingham, podrían izar la bandera cuando la reina estuviera dentro. ¡Menuda tontería! Se rió de sí, quedo. No... nadie sabía que él la había nombrado reina, aunque las hubiera más altas, más puras; nadie veía su corona de cristal. ¡Cuánta razón llevaba Neruda!

De pronto, le asaltó una idea que le levantó el ánimo: ella podía tanto haber llegado ya como estar todavía en camino. Dado que no había ninguna señal que inclinase la balanza hacia una de las dos opciones, las posibilidades bien podían ser las mismas. Fifty-fifty. Algo menos pesimista, cruzó al portal. Una puerta de hierro, sólida; entre los barrotes y a través del cristal creyó distinguir los buzones (¿tendría ella correo?); al fondo arrancaba una escalera. No había nadie.

Volvió a ponerse en movimiento; no estaba como para quedarse rondando. Aquello sí que hubiera necesitado explicaciones que él no estaba capacitado para dar. De repente, según se acercaba a la esquina del extremo de la calle, supo que ella bajaba, dirigiéndose hacia la misma esquina desde el otro lado. La palabra exacta, más que presentimiento, era presciencia. No, no era una invención más de su viva imaginación. Supo, antes de llegar a la esquina, que ella giraba en el mismo instante que él y sus cuerpos se encontraban. Nunca antes se había anticipado al futuro de aquella manera. No se detuvo. Siguió caminando, veloz, temiendo el golpe pero al mismo tiempo ansiándolo. Preparó su cuerpo para el encontronazo, y ya estaba ideando una disculpa cuando dobló la esquina, con los ojos cerrados ante la inminente colisión.

Nada. Desconcertado, abrió los ojos. ¿Le habría esquivado a tiempo? Ninguna persona aparecía en su campo de visión. Aguzó el oído. Definitivamente, estaba solo. Tendría que desarrollar más su “capacidad de presciencia”, pensó, porque como adivino no tenía mucho futuro.


Cabizbundo y meditabajo, perdida toda esperanza de verla, prosiguió en su vuelta a casa. ¿Cómo podría realmente haber creído...? Y sin embargo, por un segundo había estado seguro de encontrarla. ¿Por qué le jugaba su mente esas malas pasadas? Como su ánimo, el camino se hacía cuesta arriba.

Pasaba por detrás de una parada de autobús, cuando al otro lado de la mampara estalló una risa. Aquella risa... ¡Sí, era la suya! Esta vez no había duda, era ella. ¡Tenía que ser ella! Su corazón, aún reponiéndose de la última emoción, redobló en su caja torácica, pugnando por salir. Contuvo el aliento. ¿Y si de nuevo se equivocaba? Al fin y al cabo, todas las risas se parecen; más con lo excitable que estaba aquella noche. Pero habría jurado que... No quedaba sino seguir andando y despejar las dudas.

Pasó la parada y giró la cabeza.

-¡Pero bueno! ¿Qué haces tú por aquí?

Allí estaba ella. Vaya si estaba. Más guapa que nunca, con el pelo negro cayéndole sobre los hombros desnudos, apenas una camiseta de tirantes. Y con su sonrisa. Pero lo que realmente había desconcertado a nuestro hombre no había sido aquella visión, ni tan siquiera aquella imprevista pregunta; era que la pregunta provenía de otros labios, otra voz. Entonces se fijó: no estaba sola. Le acompañaba una chica. Más bien debía ser al revés: ella acompañaba a su amiga, a la espera de que llegase el autobús. Se fijó más detenidamente: la conocía.

- ¿Qué haces tú por aquí?- la pregunta aún estaba en el aire-.

- Bien -pensó con una sonrisilla de autosuficiencia-, ésta me la sé. Pues es que estaba con unos amigos...

Inexplicablemente, las palabras, tercas, se negaban a salir de su boca. Tan solo aquella media sonrisa que parecía decir “¿De verdad os lo tengo que explicar? Las dos lo sabéis de sobra”. Daba igual, tenía que decir algo. Cualquiera de las contestaciones pensadas por el camino valdría. Vamos, no podía ser tan complicado. La gente se pasa el día hablando ¿qué se lo impedía a él?

Pero, viendo que no obtenía respuesta, la amiga volvió a la carga antes de que él abriera la boca:

-¿Por qué no has venido con nosotras a la piscina?

¡Rayos! ¿Cómo iba él a saber que iban a la piscina si no le avisaban?

-Bueno, es que estaba en mi casa... -vamos piensa algo, se apremiaba-.

El problema era que no tenía razones para no ir; simplemente, no había ido porque no sabía que ellas fueran. De haberlo sabido, se hubiera presentado corriendo. Oye, algo así está bien, dilo.

- No sé –dijo-.

¿Qué? Perfecto, no sabes. La próxima vez que vayáis a ir avisadme, que no me cuesta nada acercarme, quiso decir. Pero todo lo que hizo su cuerpo fue aumentar aquella sonrisa idiota mientras la miraba, hipnotizado. Ella le devolvió la sonrisa. Él, deslumbrado, dio un pasito atrás que la amiga interpretó como un intento de retirada, ofreciéndole la huida:

- Bueno, pues nada, hasta… bueno, vas a la cena del viernes ¿no?

- Sí –afirmó, no supo si de viva voz o únicamente con la cabeza. Aunque antes hay que ir a ver las notas, así que me parece que nos veremos antes, agregó mentalmente-.

- Pues ya nos veremos –y, como si le hubiera leído el pensamiento, añadió-. Bueno, hay que mirar antes las notas.

Esta vez no fue capaz ni de afirmar con la cabeza. Su mente estaba completamente en blanco. Todas las ideas habían abandonado su cabeza, como las ratas huyen del barco que se va a hundir. Había vuelto a naufragar, sin una sola tabla a la que agarrarse. No había manera de seguir a flote.

- Hasta el viernes –se despidió la amiga-.

- Hasta luego –balbució él acompañándose de un ademán con la barbilla-.

- Hasta luego –dijo ella, despegando los labios por vez primera-.

Terminada la conversación, se dio la vuelta, dispuesto a continuar su camino a casa. Nada más girarse, la sangre volvió a circular por sus venas. ¿Cómo podía haber fallado? Si llevaba media hora planeándolo. Quizás la presencia de la amiga me desconcertó, intentaba justificarse. Dio un paso. No, aquello no era justificación suficiente. ¿Y si se daba la vuelta y lo arreglaba? Volvería a quedarse paralizado. Dio otro paso. Oyó una voz que decía “¡Imbécil!”. No se sabe si la voz provenía de su espalda o de su interior. Pero pensó que tenía razón.