27 mayo 2006

Efemérides

Hace un año Iván Ferreiro daba el primer concierto en Madrid de la gira Tour-nedo con notable éxito de crítica y público. Yo me chupaba la cola del concierto solito mientras mi acompañante me ponía increíbles excusas por el móvil, que estaba en la universidad trabajando y otras cosas nunca vistas. Para darle más verosimilitud, llegó media hora tarde al concierto, más lo que tardó en encontrarme. Afortunadamente, yo aún gastaba unos pelos lo suficientemente llamativos como para ser reconocido a distancia.
Acabada la música, el tío insistió en ir a casa de un colega suyo. Yo, un tipo de lo más sociable, no tuve ningún reparo en ir a una fiesta en la que no conocía a nadie en casa de un desconocido. Llevaba mi camiseta de hacer amigos (la que luzco ahí a la derecha), así que nada podía fallar. Todavía con la primera copa en la mano me preguntan si me gusta Maga y qué opino del segundo disco. Yo hago un comentario tan inteligente que no creen que sea mío. Y eso que no me conocen. Luego dicen algo sobre Nine Inch Nails y yo meto baza como si supiera del tema. Ya los tengo en el bote: se creen que soy una persona con amplia cultura musical -y hasta hoy siguen engañados-. Para compensarlo, digo un par de gilipolleces al servirme la segunda, pero son tan buena gente que hacen caso omiso.
Descubro que mi amigo tiene apodo, Mowgli, aunque después de tantos años llamándole por su nombre cuesta hacerse al cambio.
Juani, el culpable del tinglado, pone a sonar el OK computer de Radiohead y yo le aseguro que es mi grupo favorito, tarareando alguna estrofa para darle más veracidad. Total, debo ir por la tercera... Mowgli saca el tema de un guión para corto que se empeñó en que le escribiera. Resulta que Juani se lo ha leído y no le parece "bien": a pesar de piropearme por pura diplomacia, el tío ha desarrollado una opinión y discutimos un rato algunos aspectos de la trama. Da gusto encontrarse con alguien que te critica.
Antes de agarrarnos una moña tal que no podamos salir por la puerta nos vamos al centro. Seguimos la fiesta en la Plaza de Santa Ana, bebiendo, charlando y cantando. Acabado el combustible, por razones que aún no alcanzo a comprender, vamos a dar con nuestros huesos en el Black Jack. Intento abstraerme de la música infernal para bailar concentrado en un maravilloso par de tetas que flotan cerca, pero el nivel de alcohol en sangre está descendiendo por debajo de los niveles recomendados y no me apetece reponerlo a base de garrafón. Decido que me voy. Le digo a Mowgli que me voy. Media hora después le digo a Juani que me voy. No parece enterarse, así que espero cinco minutos y le repito que me marcho. Ahora sí ha hecho efecto: el hombre se da la vuelta envuelto en lágrimas y, entre efusivos abrazos, me hace prometerle que nos volveremos a ver. Claro que sí. En algún lugar del tiempo. El resto del grupo también se conmociona con el anuncio: a duras penas consiguen seguir la fiesta sin mí.
En Cibeles hace cinco minutos que ha pasado el último búho. Media hora hasta que abra el metro, una hasta el primer autobús. Como no me gusta estar parado, decido ir caminando. Mientras ando, voy recordando la noche, intentando asimilar lo ocurrido, asociar caras con nombres que se difuminan entre vapores etílicos. No todas las noches te regalan un grupo de amigos tan completo y bien hecho. Cuando abrazo la última farola antes de enfilar el portal de mi casa, el sol despunta en el horizonte.

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