16 junio 2006

Verano

Últimamente no tengo "tiempo ni dinero, ni huevos, ni sentido del humor" para sentarme a escribir. Bueno, dinero y ganas sí que hay, lo que escasea es el resto. ¿Alguien tiene media docena de huevos?
Para disimular un poco y celebrar tan magna fecha tiraremos de hemeroteca, publicando uno de esos grandes éxitos de ayer y hoy, nunca antes publicado en Internet. El relato tiene más de dos años, pero es de los pocos que leo después de un cierto distanciamiento y no me arrepiento de cada coma, cada adjetivo, cada oración adversativa. Sólo de unas cuantas. También encuentro un par de frases que podrían tener cierto valor. Al turrón: señoras y señores, con todos ustedes:

Verano

Aquel año el verano había empezado pronto. Allí estaba él, con unos pantalones que se le pegaban al cuerpo a causa del sudor y que no podía evitar pisar al andar. Había salido por aquel barrio con la ilusión de encontrarla y fingir un encuentro casual. Le había costado grandes esfuerzos llevar a la pandilla hasta allí y por eso, cuando decidieron irse a otra parte, él, que ya había perdido la esperanza de verla, dijo que no, que se iría casa, que no se encontraba bien. Y era cierto: tenía un nudo en el estómago, y una profunda desazón en el corazón, que latía de forma irregular.

El eco de sus pasos en la noche madrileña era su única compañía. Siempre le había gustado caminar, y aquella calidez de los primeros días de junio invitaba a disfrutar de la noche. Su pensamiento voló lejos, hasta imaginar qué hubiera pasado de haberla encontrado. Inconscientemente, aceleraba la cadencia de zancada. Hola. Hola ¿qué haces tú por aquí? Pues es que había venido con unos amigos por aquí a tomar algo y tal... pero al final se han cansado y yo... eh, bueno, el caso es que he decido volverme a casa... No le iban a dar un Nobel por semejante disertación, pero era mejor que quedarse callado, como la última vez.

Últimamente siempre había una última vez de la que arrepentirse. Arrepentirse, no de lo que había hecho o dicho, sino de lo que había dejado de hacer o de decir. Y entonces se repetía que la próxima vez no podía cometer el mismo error, que, aunque fuera una estupidez, tenía que decir algo… ¿Qué haces por aquí? Es que habíamos venido buscando un bar para tomar algo, pero no hemos encontrado el que pretendíamos y los demás se han ido para otro lado y yo me he vuelto a casa. Aquello ya iba teniendo algo más de sentido. No era una virguería lingüística, pero al menos no estaba plagada de inconexiones.

Era increíble la capacidad de aquella chica para desconcertarle. Cierto que nunca había tenido una gran facilidad de palabra, pero es que su sola presencia le hacía temblar de la cabeza a los pies y le entorpecía la lengua como un frío polar; en su mente, de natural racional, las ideas entrechocaban y rebotaban, confundiéndose, saturándola, haciendo imposible expresar cualquiera de ellas, pues no había forma de distinguirlas. Solo al cabo de un rato conseguía ordenarlas y ver que sí, que tenían sentido, y que no, no eran tan absurdas. Al menos, no tan absurdas como quedarse mirándola, fijamente, sin abrir la boca, después de estar todo el día deseando que se acercara para poder entablar conversación sin levantar sospechas. ¿Sospechas? ¿Qué sospechas? ¿Y qué si sospechaba? Pues mejor. Es más ¿Cómo podría ella no imaginar nada? Aquella fijeza en la mirada, aquella predisposición a realizar todos sus deseos, aquella forma de quedarse callado, tan diferente a las demás… ¿Sería ella capaz de percibir estas sutilezas? Le sonaba haber leído algo acerca de “la química del amor”; todas aquellas moléculas por ahí pululando tenían que ser percibidas por la persona que las provocaba de alguna manera; aunque fuera algo muy primitivo, casi animal. Y si no, siempre quedaba el instinto femenino, aunque eso sí que escapaba completamente a su comprensión de hombre. “Hay que ser muy cínico para no enterarse cuando le gustas a alguien”, había oído alguna vez. ¿Quién lo había dicho? Quizá fuese en una película… ¿Qué haces tú por aquí? Buenas noches. Estoy aquí porque había venido a tomar un tentempié con unos amigos en un sitio cercano, pero ellos han decidido irse al centro y, dado que a mí no me apetecía, estaba volviendo a casa dando un paseo…Vaya, el discurso navideño del rey era más divertido.

A decir verdad, su vida en general era bastante aburrida: sin sorpresas, sin grandes emociones… sin actividad apenas: su mayor ocupación era permanecer ocioso. Los días iban deslizándose lenta y dolorosamente, dejando un rastro de baba de caracol a su paso. Hasta que llegó ella. Entonces los días adquirieron sentido. Valía la pena salir de la cálida inconsciencia de la cama para enfrentarse al frío mundo exterior, porque allí vivía ella. Se dio cuenta de que él solo no podía conseguir todo lo necesario, todo lo que quisiera, porque precisamente lo único que de verdad necesitaba estaba fuera, en el lugar donde habitan el resto de las personas. ¿Cómo podía haber estado ciego tanto tiempo? Hacía años que se había encerrado en sí mismo, dispuesto a prescindir del contacto con la gente: no se podía confiar en ellos. Había entrado en su cabeza, atrancado la puerta y cerrado con llave. De vez en cuando se asomaba por la ventana para comprobar el estado de las cosas. Y ahora que quería salir, no encontraba la llave. Había olvidado cómo tratar con la gente, cómo mantener a flote una conversación. Naufragaba irremisiblemente en aquella tarea. Por eso en esta ocasión no podía volver a fallar... ¿Qué haces tú por aquí? Pues había salido a tomar unas tapas, en principio por aquí cerca, pero luego los demás han decidido irse a otra parte y yo, como no tenía un duro, me he vuelto. Aquello estaba bastante bien: sin muchas complicaciones, correcto, concreto... ¿No sería demasiado concreto? Tal vez no estuviera de más explicarse con mayor profundidad.

Desde luego, algo había obviado en su alocución hasta entonces: la sinceridad. En ningún momento había intentado expresar sus verdaderas motivaciones: no volvía a casa porque los otros se fueran a ir lejos, ni porque, cosa extraña, anduviera sin dinero. No. Regresaba porque, realmente, la única razón para salir de casa aquella noche era encontrarla a ella, poder contemplarla otra vez, embriagarse con su aroma, sentir aquel vértigo tan parecido a la felicidad... Pero todos estos posibles placeres habían desaparecido del horizonte. Solo quedaba regresar a casa y consolarse con sus recuerdos. ¿Qué haces tú por aquí? Te estaba buscando, contestaba él con voz grave mientras desplegaba una sonrisa seductora, irresistible. Ella no tenía más remedio que bajar la vista, azorada. ¡Oh, qué hermosa estaba cuando adoptaba aquella actitud del niño que ha sido sorprendido en una travesura! De pronto, el relámpago de una resolución cruzaba sus ojos, y se acercaba hasta él: pues aquí me tienes, y se acercaba más, tanto que él podía sentir su pulso, y lo miraba con picardía pero con dulzura y...

El bocinazo del coche le devolvió a la realidad. Ni él era un galán de Hollywood, ni aquello era una película sino en su cabeza; ella estaba a años luz de arrojarse en sus brazos.

Abstraído en sus elucubraciones, no se había fijado en el camino que tomaba. Sin embargo, a pesar de algunos rodeos, sus pasos le habían llevado a la calle de aquella en torno a quien giraba su pensamiento. Titubeó antes de decidirse a entrar. Era una calle igual que las aledañas, con sus aceras grises, casas apiñadas, pintadas todas de modo uniforme, coches a ambos lados. No se veía un alma. Podía tomar ésta como podía tomar la siguiente, o la anterior. ¡Qué demonios! Ya que había ido hasta allí, continuaría por la misma ruta. Haciendo sus vacilaciones a un lado, reanudó la marcha.

Los números iban aumentando lenta y cautelosamente. Nueve, once, trece... Desde la acera de los pares, vigilaba con recelo el otro lado. Quince, diecisiete, diecinueve... Ya se acercaba al final de la calle. Veintiuno, veintitrés... Por fin vio el ansiado portal. Lo miraba con cierta veneración. No dejaba de tener algo místico aquella cavidad oscura frente a la que había pasado tantas veces sin llegar a adentrarse. Lo miraba y se imaginaba a sí mismo saliendo, alegre, o despidiéndose de ella tras acompañarla a casa.

Por absurdo que resulte, buscaba algún indicio de que ella hubiera regresado ya. No sabía en qué piso vivía, así que fijarse en las luces no servía de nada. En cualquier caso, podía certificar que no estaba asomada a ninguna ventana, pues la habría visto. Se le ocurrió pensar que, como en el palacio de Buckingham, podrían izar la bandera cuando la reina estuviera dentro. ¡Menuda tontería! Se rió de sí, quedo. No... nadie sabía que él la había nombrado reina, aunque las hubiera más altas, más puras; nadie veía su corona de cristal. ¡Cuánta razón llevaba Neruda!

De pronto, le asaltó una idea que le levantó el ánimo: ella podía tanto haber llegado ya como estar todavía en camino. Dado que no había ninguna señal que inclinase la balanza hacia una de las dos opciones, las posibilidades bien podían ser las mismas. Fifty-fifty. Algo menos pesimista, cruzó al portal. Una puerta de hierro, sólida; entre los barrotes y a través del cristal creyó distinguir los buzones (¿tendría ella correo?); al fondo arrancaba una escalera. No había nadie.

Volvió a ponerse en movimiento; no estaba como para quedarse rondando. Aquello sí que hubiera necesitado explicaciones que él no estaba capacitado para dar. De repente, según se acercaba a la esquina del extremo de la calle, supo que ella bajaba, dirigiéndose hacia la misma esquina desde el otro lado. La palabra exacta, más que presentimiento, era presciencia. No, no era una invención más de su viva imaginación. Supo, antes de llegar a la esquina, que ella giraba en el mismo instante que él y sus cuerpos se encontraban. Nunca antes se había anticipado al futuro de aquella manera. No se detuvo. Siguió caminando, veloz, temiendo el golpe pero al mismo tiempo ansiándolo. Preparó su cuerpo para el encontronazo, y ya estaba ideando una disculpa cuando dobló la esquina, con los ojos cerrados ante la inminente colisión.

Nada. Desconcertado, abrió los ojos. ¿Le habría esquivado a tiempo? Ninguna persona aparecía en su campo de visión. Aguzó el oído. Definitivamente, estaba solo. Tendría que desarrollar más su “capacidad de presciencia”, pensó, porque como adivino no tenía mucho futuro.


Cabizbundo y meditabajo, perdida toda esperanza de verla, prosiguió en su vuelta a casa. ¿Cómo podría realmente haber creído...? Y sin embargo, por un segundo había estado seguro de encontrarla. ¿Por qué le jugaba su mente esas malas pasadas? Como su ánimo, el camino se hacía cuesta arriba.

Pasaba por detrás de una parada de autobús, cuando al otro lado de la mampara estalló una risa. Aquella risa... ¡Sí, era la suya! Esta vez no había duda, era ella. ¡Tenía que ser ella! Su corazón, aún reponiéndose de la última emoción, redobló en su caja torácica, pugnando por salir. Contuvo el aliento. ¿Y si de nuevo se equivocaba? Al fin y al cabo, todas las risas se parecen; más con lo excitable que estaba aquella noche. Pero habría jurado que... No quedaba sino seguir andando y despejar las dudas.

Pasó la parada y giró la cabeza.

-¡Pero bueno! ¿Qué haces tú por aquí?

Allí estaba ella. Vaya si estaba. Más guapa que nunca, con el pelo negro cayéndole sobre los hombros desnudos, apenas una camiseta de tirantes. Y con su sonrisa. Pero lo que realmente había desconcertado a nuestro hombre no había sido aquella visión, ni tan siquiera aquella imprevista pregunta; era que la pregunta provenía de otros labios, otra voz. Entonces se fijó: no estaba sola. Le acompañaba una chica. Más bien debía ser al revés: ella acompañaba a su amiga, a la espera de que llegase el autobús. Se fijó más detenidamente: la conocía.

- ¿Qué haces tú por aquí?- la pregunta aún estaba en el aire-.

- Bien -pensó con una sonrisilla de autosuficiencia-, ésta me la sé. Pues es que estaba con unos amigos...

Inexplicablemente, las palabras, tercas, se negaban a salir de su boca. Tan solo aquella media sonrisa que parecía decir “¿De verdad os lo tengo que explicar? Las dos lo sabéis de sobra”. Daba igual, tenía que decir algo. Cualquiera de las contestaciones pensadas por el camino valdría. Vamos, no podía ser tan complicado. La gente se pasa el día hablando ¿qué se lo impedía a él?

Pero, viendo que no obtenía respuesta, la amiga volvió a la carga antes de que él abriera la boca:

-¿Por qué no has venido con nosotras a la piscina?

¡Rayos! ¿Cómo iba él a saber que iban a la piscina si no le avisaban?

-Bueno, es que estaba en mi casa... -vamos piensa algo, se apremiaba-.

El problema era que no tenía razones para no ir; simplemente, no había ido porque no sabía que ellas fueran. De haberlo sabido, se hubiera presentado corriendo. Oye, algo así está bien, dilo.

- No sé –dijo-.

¿Qué? Perfecto, no sabes. La próxima vez que vayáis a ir avisadme, que no me cuesta nada acercarme, quiso decir. Pero todo lo que hizo su cuerpo fue aumentar aquella sonrisa idiota mientras la miraba, hipnotizado. Ella le devolvió la sonrisa. Él, deslumbrado, dio un pasito atrás que la amiga interpretó como un intento de retirada, ofreciéndole la huida:

- Bueno, pues nada, hasta… bueno, vas a la cena del viernes ¿no?

- Sí –afirmó, no supo si de viva voz o únicamente con la cabeza. Aunque antes hay que ir a ver las notas, así que me parece que nos veremos antes, agregó mentalmente-.

- Pues ya nos veremos –y, como si le hubiera leído el pensamiento, añadió-. Bueno, hay que mirar antes las notas.

Esta vez no fue capaz ni de afirmar con la cabeza. Su mente estaba completamente en blanco. Todas las ideas habían abandonado su cabeza, como las ratas huyen del barco que se va a hundir. Había vuelto a naufragar, sin una sola tabla a la que agarrarse. No había manera de seguir a flote.

- Hasta el viernes –se despidió la amiga-.

- Hasta luego –balbució él acompañándose de un ademán con la barbilla-.

- Hasta luego –dijo ella, despegando los labios por vez primera-.

Terminada la conversación, se dio la vuelta, dispuesto a continuar su camino a casa. Nada más girarse, la sangre volvió a circular por sus venas. ¿Cómo podía haber fallado? Si llevaba media hora planeándolo. Quizás la presencia de la amiga me desconcertó, intentaba justificarse. Dio un paso. No, aquello no era justificación suficiente. ¿Y si se daba la vuelta y lo arreglaba? Volvería a quedarse paralizado. Dio otro paso. Oyó una voz que decía “¡Imbécil!”. No se sabe si la voz provenía de su espalda o de su interior. Pero pensó que tenía razón.

1 comentario:

Indio dijo...

la historia esta guay, y más si en cierto modo te sientes identificado con el chaval... quién la escribio?